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Foro 2008

Trastornos en la alimentación? Comedor compulsivo, obesidad, bulimia o anorexia?

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OFICINA MUNDIAL OA/CCA

LA HISTORIA DE ROZANNE

Querida, si tienes la cintura delgada, todo lo demás estará bien, las palabras de mi madre me perseguirían durante toda mi adolescencia.  La promesa de que una figura esbelta me traería felicidad instantánea y permanente fue una ilusión en la que creía con todo mi corazón y toda mi alma.

Las pocas veces en que estuve delgada, nada cambió.  Supuse que la culpa era mía,  y que si me esforzaba más, el mundo sería distinto.  La persistencia de mi ilusión era asombrosa.

Esforzarme más era una tradición familiar. Vengo de una familia de súper logros, casi todos comedores compulsivos.  Mi madre se crió en Green Bay, Wisconsin, donde mi abuelo fue el propietario del primer cine y del primer coche de la pequeña ciudad.  Mi abuela era la atrevida: colaboró con Margaret Sanger en los principios de la Planificación Familiar. Mis padres estuvieron ambos extremada- mente interesados por la educación.  Por ello, tan solo un ;sobresaliente- era bien acogido; Notable- era tolerable, pero aprobado no era aceptable.  Por ello, lo que mi hermano y yo aprendimos pronto, fue que el camino para valer algo era trabajar mucho y alcanzar más allá de las expectativas de la mayoría de la gente.  Ser simplemente un amoroso ser humano no era suficiente; debíamos ser capaces de producir para ser dignos de consideración.

Pronto decidí que me haría notar por mis esfuerzos.  La primera vez que dirigí la banda del jardín de niños, descubrí que me encantaba ocupar el lugar de adelante y llamar la atención.  Nunca olvidaré que después de la actuación giré para dar la cara al público y me crecí con los aplausos de la audiencia.  Después de eso, estaba atrapada.  Quería desesperadamente ser actriz porque de esa forma me haría notar.  Estudié drama durante muchos años; era miembro del equipo de debates de la escuela y editor del periódico de la escuela.  Vivía en Chicago, en donde las oportunidades eran excelentes y las aproveché todas ellas.

Desgraciadamente, durante todo ese tiempo, estaba muy rolliza.  Oí tantas veces a gente bien intencionada decir:  Cariño, tienes una cara tan mona...si perdieras unos kilos...   esto me desgarraba el corazón  ¿Significaba que no valía nada porque estaba gorda? Me esforcé más, trabajé un poco más, estudié más.  Pero nada surtió efecto. 

Como ven tenía un secreto que no había dicho a nadie. Me odiaba a mí misma. 
Estaba convencida de que no era buena.  Cargué con este sentimiento toda mi vida, por más súper logros que obtenía, no conseguía borrarlo.

Sin embargo, seguí intentándolo.  Era buena estudiante, mis notas eran altas, y era una chica tan buena, que me convertí en la consentida del maestro.  Esto último destruyó mis relaciones con los otros niños, pero era lo único que tenía.  Era la única seguridad de tener algún valor para otros ser humano.

Tenía dieciocho años y estaba en mi tercer año en la Universidad de Chicago cuando tomé la decisión de dejar de comer compulsivamente.  La motivación fueron los chicos.  Deseaba salir y era obvio que estaba gorda, no iba a llamarme nunca nadie, por lo que empecé una dieta y por primera vez en mi vida estuve delgada.  Medía 1.57 y pesaba 59 kilos.

De repente, los chicos empezaron a notarme. Tenía tantas citas que empecé a descuidar mis estudios y suspendí todas las materias, haciendo desgraciada a mi familia.  Me mandaron a una escuela comercial donde no solo aprendí la lección, sino también útiles técnicas profesionales.  Al año siguiente volví a la Universidad y conseguí mi licenciatura.

A los 21 años me trasladé a la ciudad de Nueva York en busca de fama y fortuna en el teatro.  Al poco tiempo me di cuenta de que los actores, al tener que hacer frecuentes series en audiencias para los papeles, están sujetos a constantes rechazos.  Vi que esa no era vida para mí.  Mi temor al rechazo era tan grande que superó todas las ambiciones que yo tenía.  Acepté trabajar detrás del telón como secretaria del director de escena, donde estaba fuera de peligro.

Era una vida excitante.  Desgraciadamente, ya hacía tiempo que había vuelto a aumentar de peso y todavía me odiaba a mi misma.  Además había desarrollado un gran resentimiento hacia mi madre.  Ahora la culpaba a ella de mi infelicidad.

Después de volver a casa a Chicago, donde trabajé como escritora publicitaria de modas por algún tiempo, decidí hacer otro cambio:  Me voy a California, les dije a mis padres, a buscar trabajo y marido.

En Los Ángeles de nuevo me extremé a encontrar un hombre: dejé la comida y adelgacé de nuevo. Después de otra tarea como escritora publicitaria, me convertí en adjunta a dirección de una pequeña cadena de almacenes; me encanaba.  Conocí a un hombre maravilloso, y parecía que la vida me iba bien realmente.  Pero todavía estaba infestada de odio hacia mi misma.  Me agarraba a la dieta por los pelos. Mi motivación (encontrar un hombre) me permitió seguir la dieta por algún tiempo. Cuando Marvin me propuso casarnos, yo pesaba 59 kilos, y para nuestra boda 4 meses más tarde, pesaba 65 kilos. Me bastó el anillo en mi dedo para volver a la comida.

En tres años de matrimonio tuvimos dos niñas Por entonces mi vida era demasiado para mí. Había subido a 74 kilos, no podía parar de comer y casi siempre deseaba estar muerta. Había perdido completamente mi autoestima, mi alma estaba vacía, no tenía a donde ir y no creía en Dios. ¿Qué me quedaba?  La respuesta me llegó una tranquila noche de noviembre de 1958. Estaba mirando a Paul Coates, columnista de televisión, que entrevistaba a un miembro de una organización denominada Jugadores Anónimos. Mi marido tenía un amigo que era jugador compulsivo, y pensé que esto podría ser precisamente lo que necesitaba. De modo que Marvin y yo llevamos a este amigo a una reunión de GA (Jugadores Anónimos) justo la víspera del Día de Acción de Gracias.

Mientras viva, no olvidaré esa noche. Estábamos en una sala de reuniones unos 25 hombres y unas cuantas mujeres. Cada hombre por turno se levantó y  habló de su vida, de mentiras, trampas y robos. Estuve sentada allí totalmente pasmada. Pensé, Dios mío, después de todo no estoy sola. La habitación se iluminó cada vez más y deseaba llorar de alivio. Yo no era la única; había otros que sentían lo que yo sentía y que habían hecho lo que yo había hecho. Desde luego nuestras compulsiones no eran las mismas, ellos estaban obsesionados con el juego y el dinero y yo no pensaba mas que en comilonas y comida. Sin embargo, por dentro éramos iguales, al salir de la reunión esa noche, mi vida cambió para siempre.

Conseguí una dieta durante tres semanas, pero como de costumbre, no podía sostenerme por mí misma y volví a las viejas costumbres. Comí y lloré durante todo el año siguiente hasta que por Navidad me encontré con mi nuevo tope de kilos, 80. Estaba horrorizada. ¿Qué debía hacer? ¿Dónde podía ir? Había intentado suicidarme poco antes de los 20 años y durante varios años había seguido terapia convencional.  No me había ayudado en mi problema de comer.

Sentía que mi mundo se terminaba, por entonces tan solo había disponible una organización para control de peso y no figuraba en la guía telefónica, estaba frenética. Entonces me acordé de jugadores anónimos, le dije a mi marido que iría de nuevo a ver si me podría ayudar a formar una organización como la suya para comedores compulsivos como yo.

Era invierno de 1959, GA tenía dos años y medio y marchaba muy bien. La reunión a la que asistí estaba todavía formada sólo por hombres, pero me recibieron muy cariñosamente. Después de la reunión, me acerqué a Jim W., el fundador de GA, mi corazón palpitaba, sentía que toda mi vida estaba en juego.

Le pregunté a Jim: ¿crees que una organización como la de ustedes podría resultar para comedores compulsivos como yo? Sonrió y respondió: pues no veo porque no. Yo estuve en AA antes de empezar GA. ¿en qué te puedo ayudar?.

Ahí estaba una mano extendida para apoyarme mientras yo empezaba dando traspiés. Fue mi primera experiencia del Paso 12, la primera vez que alguien me ofrecía ayuda sin esperar nada a cambio. Fui a casa y le dije a Marvin, -creo que finalmente tengo una oportunidad-. Esa noche encontramos un nombre para la organización que todavía no había nacido: Overeaters Anonymus.

Con mi habitual voluntarioso celo, me embarqué a salvar el mundo. Desgracia- damente, a las 25 o 30 mujeres a las que me dirigí tenían una excusa u otra para no unirse a mí en esta maravillosa empresa. No me di cuenta de que les estaba predicando, diciéndoles que esto era una gran idea para solucionar su evidente problema.

Un frío día de enero andaba con la calle con mi vecina obesa, charlando mientras empujábamos los cochecitos de nuestros bebés. Recuerdo que le hablé de mi problema. Finalmente estaba tan intrigada, que me forzó a decirle el nombre de la organización. Se lo dije y añadí: pero creo que no estarás interesada. Y dijo: desde luego que sí, creo que también yo lo necesito. En ese momento, nació la agrupación Overeaters Anonymus.

El 19 de enero de 1960 tuvimos la primera reunión de OA. Estábamos allí, Jo y yo junto con Bernice K., la mujer de un miembro de GA. Bernice se marchó a la tercera reunión diciendo: mi médico me ha dicho que hacer dieta me pone nerviosa. Jo quería marcharse también; pero me puse a llorar y dije que yo no podía hacerlo sola y que debía quedarse y se quedó.

Nos fuimos esforzando, yo había ido a dos reuniones de GA; Jo no había ido nunca a una reunión de Anónimos. Las dos perdimos peso. Ella bajo de 99 kilos a 54, en agosto, y yo de 80 a 55 kilos en el mismo periodo de tiempo. Físicamente cumplíamos con el programa que nos indica que es de atracción más que de promoción. Sin embargo, mis sentimientos de inutilidad estaban en pleno vaivén. Cuanto menos comía, tanto más subían a la superficie todas mis ansiedades. Conseguía taparlas con mucha voluntad.

Lo primero que decidí fue que esos pasos de AA estaban mal escritos. Me
parecía que Bill W. quién junto con el Dr. Bob había fundado AA, era tan sólo un agente de cambio y bolsa, y yo, después de todo, era una escritora profesional.  Además yo creía no ser tan débil como para tener que dejar mi vida y mi voluntad al cuidado de ningún Dios, tanto si existía como si no.  Así pues, eliminé el tercer paso.  En su lugar escribí un paso, recomendando consultar con un médico de nuestra elección.  Estaba tan firme (y asustada) que procedí a eliminar la palabra Dios y toda mención de conceptos espirituales de los pasos restantes.  Después miré bien lo que había hecho y me di cuenta que los pasos no se parecían en absoluto a los de AA.

Pensé: -Después de todo, quiero que la gente diga que somos como AA por lo que con moderación intercalé de nuevo la palabra Dios en algunos de los pasos.
Ninguna de nosotras sabía más.  Al cabo de dos meses, estábamos Jo y yo, y cinco amigos de Jo.  Ninguna en el grupo había ido nunca de AA y yo era la única que había ido a GA.  Por lo que nos sentábamos en círculo y hablábamos de nuestros sentimientos de un modo psicológico.  No sabíamos nada del significado de inventarios o reparar daños, y me erizaba ante el simple pensamiento de rendición y despertar espiritual.

Finalmente, Jim me sugirió que fuera a una reunión de AA.  Contesté rápidamente:  -No, podrían estar borrachos y meterse con nosotras_  ¡Qué paciencia la de Jim!

Me contestó: -No, los borrachos están en muchos otros lugares, pero son los sobrios los que están en las reuniones de AA-  Así pues, con miedo y  temblando, nosotras 7 fuimos a las reuniones abiertas de Alcohólicos Anónimos. ¡Qué experiencia tan reveladora!  Escuché conceptos que no había oído anteriormente, y experimenté un cariño palpable en esa sala. Más tarde los miembros de AA serían una fuente de compartir experiencias y ayuda para nosotros.  Pero esa noche, mis temores estaban de por medio; todavía no podía aceptar muchos de los preceptos básicos del programa de AA.

Comprendía poco lo que era eliminar mi naturaleza compulsiva, por lo que recurrí a gastar compulsivamente.  Lo racionalizaba diciendo que ahora tenía una figura nueva., por lo que sencillamente debía tener mucha ropa nueva.  Más tarde aprendí que esto era solo un pretexto para mis verdaderos sentimientos.  Ese vacío de mi alma que yo había intentado llenar con hombres (antes de mi matrimonio), comida y bienes materiales era un vacío espiritual.   Pero entonces no lo comprendía; no creía en Dios.  Cuanto más adelgazaba, cuanto más conseguía, peor me sentía.  Sin embargo, no podía dejar que la gente supiese.  Podrían darse cuenta de lo mala que era.

En el verano de 1960, una entrevista en la televisión trajo quinientas cartas y OA estaba en marcha.  Sin embargo, mis propios problemas sólo estaban empezando. 

No comía en exceso, estaba delgada, gastaba compulsivamente y estaba hecha una masa de confusión.  Creía que porque yo había sido una de las fundadoras de OA, cada palabra que decía era una perla de sabiduría.  Creía que todos debían escucharme, era el único modo de darme importancia.  No conseguía sentirme importante en mi interior, y sencillamente no sabía qué hacer.

Al intentar que volviese a incluir el tercer paso, Jim W. explicó que yo necesitaba admitir que no podía parar de comer por mi misma, que era impotente ante la comida. Su amable sugerencia me abrió la puerta de la creencia espiritual, sin
embargo no pasé el umbral.  Mi Poder Superior era el grupo y las personas de OA.

El resentimiento hacia mi madre que llevaba hacia 25 años, corroía mi alma.  Con el empujón de un padrino, reparé los daños a mis padres.  Vivían en otra ciudad, por lo que les escribí. Llevé la carta al buzón y la solté ahí. Al girarme para marchar, oí el sonido metálico de la puerta del buzón.  Con ese sonido, 25 años de resentimientos desaparecieron.  En un breve instante, todo había desaparecido.  Apenas podía creerlo, esa fue una de las cosas más milagrosas que he experimentado.

En Julio de 1964, después de varios inventarios, hice uno especialmente sobre mi manera de gastar. El 30 de julio, cuando llevé el inventario a casa de mi padrino, pesaba 54 kilos.  Salí de allí sabiendo que nunca más volvería a gastar de ese modo. Fui directamente  a una fiesta familiar, tomé el primer bocado y seguí comiendo compulsivamente.  En Marzo de 1973, pesaba 93 kilos.

Todavía oscilaba de una compulsión a otra.  De algún modo, no encontraba la esencia del programa.  Dimitió de la oficina de OA, aunque seguí yendo a las reuniones.  Hice inventarios, lloré por teléfono, fui a reuniones y seguí comiendo en exceso. ¿Qué pasaba?

Seguí yendo a las reuniones, sentada al final de la sala envuelta con mi gran abrigo negro.  Me sentía desesperada y desolada, incapaz de llamar por teléfono cuando quería comer. La compulsión de comer, es una enfermedad que aísla, y mi paralizante incapacidad de llamar era parte de mi enfermedad.  En una reunión logré pedir ayuda, y una mujer maravillosa me llamó durante cuatro meses antes de que yo pudiera llamarla.

Los tres años siguientes fueron para mí una gran experiencia de aprendizaje.  Descubrí que las reacciones de los otros conmigo eran causadas en parte por su temor a que a ellos les ocurriese lo mismo. Desde luego, debatirme y dar golpes no me sirvió en absoluto en mis relaciones.  Lentamente perdí 15 kilos.  Una desmoralización incomprensible era todavía parte de mi vida diaria.  Pero seguí yendo, y ciertamente aprendí mucho sobre la paciencia.

Orando por orientación, esperaba un milagro.  En diciembre de 1976 ocurrió ese milagro.  Estaba sentada en un grupo de estudio del Libro Grande.  El líder empezó leyendo la primera frase del capítulo tres:  Casi todos nosotros éramos incapaces de admitir que éramos verdaderos comedores compulsivos.

Sentí como si alguien me hubiese pegado justo en el fondo del estómago. De repente supe lo que me pasaba.  No había aceptado plenamente en lo más íntimo de mí misma que era una comedora compulsiva.  No había dado ese paso vital hacia la recuperación.. El coordinador continuó:  -Ningún verdadero comedor compulsivo recupera nunca el control_ Todos esos años que yo había leído ese libro, no había visto nunca la palabra control.  Por alguna razón, creía que ninguno de nosotros podía recuperarse.  Sin embargo, el capítulo cinco del mismo libro sugiere los pasos como un programa de recuperación.  La promesa de la recuperación, un respiro diario de mi enfermedad, me daba esperanza.  Saber con certeza que  no podría controlar nunca mi compulsión por comer, me dio por fin la oportunidad de recuperarme.

Peor todavía, no tenía autoestima.  Un día oí decir a una mujer:  -Intenté decirme a mí misma,  María estás bien, y no podía decirlo delante del espejo, tardé seis meses en hacerlo.

Lo tomé como un reto y decidí que lo que a ella le había llevado seis meses, yo podría hacerlo inmediatamente.  Intenté decirme a mí misma que estaba bien, y empecé a llorar; y no podía dejar de llorar.  Así pues, recordé las lecciones de mis padrinos.  Me enseñaron a actuar; como si- me aceptara y me quisiera.  Me dijeron que no tenía que quererlo, gustarme o creerlo.  Remarcaron que debía actuar, y que los sentimientos seguirían.

Actuando como si fuese verdad, practiqué decirme a mí misma, -Rozanne, estás bien-  Sin poder mirarme al espejo dije esto todo el día, cada día durante seis meses.  Entonces, una maravillosa tarde de diciembre, estaba vestida para salir, iba con prisa y me paré un momento para mirarme al espejo al disponerme a salir corriendo.

Entonces me miré realmente.  Me miré, sonreí y dije: Rozanne, estás bien.  Eres una mujer fantástica y te quiero.  Hoy en día, mi cuerpo es de tamaño normal.  Me puedo preocupar por los demás porque me quiero a mí misma.  Porque seguí yendo, aprendí la validez de un principio espiritual que me dio el reverendo Rollo M. Boas, uno de los primeros amigos de OA cuyos comentarios adornan este libro:

SI APARTAS TU CUERPO DE LA VERDAD, CUANDO ESTÁS LISTO NO SE ENCUENTRA LA VERDAD EN NINGUNA PARTE. PERO SI SIGUES LLEVANDO TU CUERPO A LA VERDAD, ENTONCES CUANDO ESTÉS LISTO, LA VERDAD ESTARÁ ALLÍ, ESPERÁNDOTE.

Y esa verdad; nuestra promesa de recuperación- está en cada junta de OA cuando unimos las manos orando juntos y con alegría, con amor nos animamos unos a otros.


¡SIGUE VINIENDO!

 

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Última modificación: 27 de Enero de 2008