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Trastornos en la alimentación? Comedor compulsivo, obesidad, bulimia o anorexia?
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LA HISTORIA DE
ROZANNE
Querida, si tienes la cintura delgada, todo lo demás estará bien, las palabras
de mi madre me perseguirían durante toda mi adolescencia. La promesa de
que una figura esbelta me traería felicidad instantánea y permanente fue una
ilusión en la que creía con todo mi corazón y toda mi alma.
Las pocas veces en que estuve delgada, nada cambió. Supuse que la culpa
era mía, y que si me esforzaba más, el mundo sería distinto. La persistencia
de mi ilusión era asombrosa.
Esforzarme más era una tradición familiar. Vengo de una familia de súper
logros, casi todos comedores compulsivos. Mi madre se crió en Green Bay,
Wisconsin, donde mi abuelo fue el propietario del primer cine y del primer coche
de la pequeña ciudad. Mi abuela era la atrevida: colaboró con Margaret
Sanger en los principios de la Planificación Familiar. Mis padres estuvieron
ambos extremada- mente interesados por la educación. Por ello, tan solo
un ;sobresaliente- era bien acogido; Notable- era tolerable, pero aprobado no
era aceptable. Por ello, lo que mi hermano y yo aprendimos pronto, fue que
el camino para valer algo era trabajar mucho y alcanzar más allá de las
expectativas de la mayoría de la gente. Ser simplemente un amoroso ser
humano no era suficiente; debíamos ser capaces de producir para ser dignos de
consideración.
Pronto decidí que me haría notar por mis esfuerzos. La primera vez que
dirigí la banda del jardín de niños, descubrí que me encantaba ocupar el
lugar de adelante y llamar la atención. Nunca olvidaré que después de
la actuación giré para dar la cara al público y me crecí con los aplausos de
la audiencia. Después de eso, estaba atrapada. Quería
desesperadamente ser actriz porque de esa forma me haría notar. Estudié
drama durante muchos años; era miembro del equipo de debates de la escuela y
editor del periódico de la escuela. Vivía en Chicago, en donde las
oportunidades eran excelentes y las aproveché todas ellas.
Desgraciadamente, durante todo ese tiempo, estaba muy rolliza. Oí tantas
veces a gente bien intencionada decir: Cariño, tienes una cara tan
mona...si perdieras unos kilos... esto me desgarraba el corazón
¿Significaba que no valía nada porque estaba gorda? Me esforcé más, trabajé
un poco más, estudié más. Pero nada surtió efecto. Como ven tenía un secreto que no había dicho
a nadie. Me odiaba a mí misma.
Sin embargo, seguí intentándolo. Era buena estudiante, mis notas eran
altas, y era una chica tan buena, que me convertí en la consentida del maestro.
Esto último destruyó mis relaciones con los otros niños, pero era lo único
que tenía. Era la única seguridad de tener algún valor para otros ser
humano.
Tenía dieciocho años y estaba en mi tercer año en la Universidad de Chicago
cuando tomé la decisión de dejar de comer compulsivamente. La motivación
fueron los chicos. Deseaba salir y era obvio que estaba gorda, no iba a
llamarme nunca nadie, por lo que empecé una dieta y por primera vez en mi vida
estuve delgada. Medía 1.57 y pesaba 59 kilos.
De repente, los chicos empezaron a notarme. Tenía tantas citas que empecé a
descuidar mis estudios y suspendí todas las materias, haciendo desgraciada a mi
familia. Me mandaron a una escuela comercial donde no solo aprendí la
lección, sino también útiles técnicas profesionales. Al año siguiente
volví a la Universidad y conseguí mi licenciatura.
A los 21 años me trasladé a la ciudad de Nueva York en busca de fama y fortuna
en el teatro. Al poco tiempo me di cuenta de que los actores, al tener que
hacer frecuentes series en audiencias para los papeles, están sujetos a
constantes rechazos. Vi que esa no era vida para mí. Mi temor al
rechazo era tan grande que superó todas las ambiciones que yo tenía.
Acepté trabajar detrás del telón como secretaria del director de escena,
donde estaba fuera de peligro.
Era una vida excitante. Desgraciadamente, ya hacía tiempo que había
vuelto a aumentar de peso y todavía me odiaba a mi misma. Además había
desarrollado un gran resentimiento hacia mi madre. Ahora la culpaba a ella
de mi infelicidad.
Después de volver a casa a Chicago, donde trabajé como escritora publicitaria
de modas por algún tiempo, decidí hacer otro cambio: Me voy a
California, les dije a mis padres, a buscar trabajo y marido.
En Los Ángeles de nuevo me extremé a encontrar un hombre: dejé la comida y
adelgacé de nuevo. Después de otra tarea como escritora publicitaria, me
convertí en adjunta a dirección de una pequeña cadena de almacenes; me
encanaba. Conocí a un hombre maravilloso, y parecía que la vida me iba
bien realmente. Pero todavía estaba infestada de odio hacia mi misma.
Me agarraba a la dieta por los pelos. Mi motivación (encontrar un hombre) me
permitió seguir la dieta por algún tiempo. Cuando Marvin me propuso casarnos,
yo pesaba 59 kilos, y para nuestra boda 4 meses más tarde, pesaba 65 kilos. Me
bastó el anillo en mi dedo para volver a la comida. Mientras viva, no olvidaré esa noche. Estábamos
en una sala de reuniones unos 25 hombres y unas cuantas mujeres. Cada hombre por
turno se levantó y habló de su vida, de mentiras, trampas y robos.
Estuve sentada allí totalmente pasmada. Pensé, Dios mío, después de todo no
estoy sola. La habitación se iluminó cada vez más y deseaba llorar de alivio.
Yo no era la única; había otros que sentían lo que yo sentía y que habían
hecho lo que yo había hecho. Desde luego nuestras compulsiones no eran las
mismas, ellos estaban obsesionados con el juego y el dinero y yo no pensaba mas
que en comilonas y comida. Sin embargo, por dentro éramos iguales, al salir de
la reunión esa noche, mi vida cambió para siempre.
Conseguí una dieta durante tres semanas, pero como de costumbre, no podía
sostenerme por mí misma y volví a las viejas costumbres. Comí y lloré
durante todo el año siguiente hasta que por Navidad me encontré con mi nuevo
tope de kilos, 80. Estaba horrorizada. ¿Qué debía hacer? ¿Dónde podía ir?
Había intentado suicidarme poco antes de los 20 años y durante varios años
había seguido terapia convencional. No me había ayudado en mi problema
de comer.
Sentía que mi mundo se terminaba, por entonces tan solo había disponible una
organización para control de peso y no figuraba en la guía telefónica, estaba
frenética. Entonces me acordé de jugadores anónimos, le dije a mi marido que
iría de nuevo a ver si me podría ayudar a formar una organización como la
suya para comedores compulsivos como yo.
Era invierno de 1959, GA tenía dos años y medio y marchaba muy bien. La reunión
a la que asistí estaba todavía formada sólo por hombres, pero me recibieron
muy cariñosamente. Después de la reunión, me acerqué a Jim W., el fundador
de GA, mi corazón palpitaba, sentía que toda mi vida estaba en juego. Le pregunté a Jim: ¿crees que una organización como la de ustedes podría
resultar para comedores compulsivos como yo? Sonrió y respondió: pues no veo
porque no. Yo estuve en AA antes de empezar GA. ¿en qué te puedo ayudar?.
Ahí estaba una mano extendida para apoyarme mientras yo empezaba dando traspiés.
Fue mi primera experiencia del Paso 12, la primera vez que alguien me ofrecía
ayuda sin esperar nada a cambio. Fui a casa y le dije a Marvin, -creo que
finalmente tengo una oportunidad-. Esa noche encontramos un nombre para la
organización que todavía no había nacido: Overeaters Anonymus.
Con mi habitual voluntarioso celo, me embarqué a salvar el mundo. Desgracia-
damente, a las 25 o 30 mujeres a las que me dirigí tenían una excusa u otra
para no unirse a mí en esta maravillosa empresa. No me di cuenta de que les
estaba predicando, diciéndoles que esto era una gran idea para solucionar su
evidente problema.
Un frío día de enero andaba con la calle con mi vecina obesa, charlando
mientras empujábamos los cochecitos de nuestros bebés. Recuerdo que le hablé
de mi problema. Finalmente estaba tan intrigada, que me forzó a decirle el
nombre de la organización. Se lo dije y añadí: pero creo que no estarás
interesada. Y dijo: desde luego que sí, creo que también yo lo necesito. En
ese momento, nació la agrupación Overeaters Anonymus. El 19 de enero de 1960 tuvimos la primera reunión de OA. Estábamos
allí, Jo y yo junto con Bernice K., la mujer de un miembro de GA. Bernice se
marchó a la tercera reunión diciendo: mi médico me ha dicho que hacer dieta
me pone nerviosa. Jo quería marcharse también; pero me puse a llorar y dije
que yo no podía hacerlo sola y que debía quedarse y se quedó.
Nos fuimos esforzando, yo había ido a dos reuniones de GA; Jo no había ido
nunca a una reunión de Anónimos. Las dos perdimos peso. Ella bajo de 99 kilos
a 54, en agosto, y yo de 80 a 55 kilos en el mismo periodo de tiempo. Físicamente
cumplíamos con el programa que nos indica que es de atracción más que de
promoción. Sin embargo, mis sentimientos de inutilidad estaban en pleno vaivén.
Cuanto menos comía, tanto más subían a la superficie todas mis ansiedades.
Conseguía taparlas con mucha voluntad.
Lo primero que decidí fue que esos pasos de AA estaban mal escritos. Me
Pensé: -Después de todo, quiero que la gente diga que somos como AA por lo que
con moderación intercalé de nuevo la palabra Dios en algunos de los pasos.
Finalmente, Jim me sugirió que fuera a una reunión de AA. Contesté rápidamente:
-No, podrían estar borrachos y meterse con nosotras_ ¡Qué paciencia la
de Jim!
Me contestó: -No, los borrachos están en muchos otros lugares, pero son los
sobrios los que están en las reuniones de AA- Así pues, con miedo y
temblando, nosotras 7 fuimos a las reuniones abiertas de Alcohólicos Anónimos.
¡Qué experiencia tan reveladora! Escuché conceptos que no había oído
anteriormente, y experimenté un cariño palpable en esa sala. Más tarde los
miembros de AA serían una fuente de compartir experiencias y ayuda para
nosotros. Pero esa noche, mis temores estaban de por medio; todavía no
podía aceptar muchos de los preceptos básicos del programa de AA. Comprendía poco lo que era eliminar mi
naturaleza compulsiva, por lo que recurrí a gastar compulsivamente. Lo
racionalizaba diciendo que ahora tenía una figura nueva., por lo que
sencillamente debía tener mucha ropa nueva. Más tarde aprendí que esto
era solo un pretexto para mis verdaderos sentimientos. Ese vacío de mi
alma que yo había intentado llenar con hombres (antes de mi matrimonio), comida
y bienes materiales era un vacío espiritual. Pero entonces no lo
comprendía; no creía en Dios. Cuanto más adelgazaba, cuanto más
conseguía, peor me sentía. Sin embargo, no podía dejar que la gente
supiese. Podrían darse cuenta de lo mala que era. No comía en exceso, estaba delgada, gastaba
compulsivamente y estaba hecha una masa de confusión. Creía que porque
yo había sido una de las fundadoras de OA, cada palabra que decía era una
perla de sabiduría. Creía que todos debían escucharme, era el único
modo de darme importancia. No conseguía sentirme importante en mi
interior, y sencillamente no sabía qué hacer.
Al intentar que volviese a incluir el tercer paso, Jim W. explicó que yo
necesitaba admitir que no podía parar de comer por mi misma, que era impotente
ante la comida. Su amable sugerencia me abrió la puerta de la creencia
espiritual, sin
En Julio de 1964, después de varios inventarios, hice uno especialmente sobre
mi manera de gastar. El 30 de julio, cuando llevé el inventario a casa de mi
padrino, pesaba 54 kilos. Salí de allí sabiendo que nunca más volvería
a gastar de ese modo. Fui directamente a una fiesta familiar, tomé el
primer bocado y seguí comiendo compulsivamente. En Marzo de 1973, pesaba
93 kilos.
Todavía oscilaba de una compulsión a otra. De algún modo, no encontraba
la esencia del programa. Dimitió de la oficina de OA, aunque seguí yendo
a las reuniones. Hice inventarios, lloré por teléfono, fui a reuniones y
seguí comiendo en exceso. ¿Qué pasaba?
Seguí yendo a las reuniones, sentada al final de la sala envuelta con mi gran
abrigo negro. Me sentía desesperada y desolada, incapaz de llamar por teléfono
cuando quería comer. La compulsión de comer, es una enfermedad que aísla, y
mi paralizante incapacidad de llamar era parte de mi enfermedad. En una
reunión logré pedir ayuda, y una mujer maravillosa me llamó durante cuatro
meses antes de que yo pudiera llamarla.
Los tres años siguientes fueron para mí una gran experiencia de aprendizaje.
Descubrí que las reacciones de los otros conmigo eran causadas en parte por su
temor a que a ellos les ocurriese lo mismo. Desde luego, debatirme y dar golpes
no me sirvió en absoluto en mis relaciones. Lentamente perdí 15 kilos.
Una desmoralización incomprensible era todavía parte de mi vida diaria.
Pero seguí yendo, y ciertamente aprendí mucho sobre la paciencia.
Orando por orientación, esperaba un milagro. En diciembre de 1976 ocurrió
ese milagro. Estaba sentada en un grupo de estudio del Libro Grande.
El líder empezó leyendo la primera frase del capítulo tres: Casi todos
nosotros éramos incapaces de admitir que éramos verdaderos comedores
compulsivos.
Sentí como si alguien me hubiese pegado justo en el fondo del estómago. De
repente supe lo que me pasaba. No había aceptado plenamente en lo más íntimo
de mí misma que era una comedora compulsiva. No había dado ese paso
vital hacia la recuperación.. El coordinador continuó: -Ningún
verdadero comedor compulsivo recupera nunca el control_ Todos esos años que yo
había leído ese libro, no había visto nunca la palabra control. Por
alguna razón, creía que ninguno de nosotros podía recuperarse. Sin
embargo, el capítulo cinco del mismo libro sugiere los pasos como un programa
de recuperación. La promesa de la recuperación, un respiro diario de mi
enfermedad, me daba esperanza. Saber con certeza que no podría
controlar nunca mi compulsión por comer, me dio por fin la oportunidad de
recuperarme.
Peor todavía, no tenía autoestima. Un día oí decir a una mujer:
-Intenté decirme a mí misma, María estás bien, y no podía decirlo
delante del espejo, tardé seis meses en hacerlo.
Lo tomé como un reto y decidí que lo que a ella le había llevado seis meses,
yo podría hacerlo inmediatamente. Intenté decirme a mí misma que estaba
bien, y empecé a llorar; y no podía dejar de llorar. Así pues, recordé
las lecciones de mis padrinos. Me enseñaron a actuar; como si- me
aceptara y me quisiera. Me dijeron que no tenía que quererlo, gustarme o
creerlo. Remarcaron que debía actuar, y que los sentimientos seguirían.
Actuando como si fuese verdad, practiqué decirme a mí misma, -Rozanne, estás
bien- Sin poder mirarme al espejo dije esto todo el día, cada día
durante seis meses. Entonces, una maravillosa tarde de diciembre, estaba
vestida para salir, iba con prisa y me paré un momento para mirarme al espejo
al disponerme a salir corriendo.
SI APARTAS TU CUERPO DE LA VERDAD, CUANDO ESTÁS LISTO NO SE ENCUENTRA LA
VERDAD EN NINGUNA PARTE. PERO SI SIGUES LLEVANDO TU CUERPO A LA VERDAD, ENTONCES
CUANDO ESTÉS LISTO, LA VERDAD ESTARÁ ALLÍ, ESPERÁNDOTE.
Y esa verdad; nuestra promesa de recuperación- está en cada junta de OA cuando
unimos las manos orando juntos y con alegría, con amor nos animamos unos a
otros.
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