Nací en una pequeña municipalidad de Nueva Inglaterra que contaba alrededor de setenta mil almas. Recuerdo que el nivel moral en ese lugar era muy superior a la media. No se vendían ni cerveza ni licores en sus alrededores, salvo en la tienda del Estado, donde era posible comprarlos siempre y cuando se pudiera comprobar que había una verdadera necesidad. Si el cliente no podía comprobar tal necesidad, debía regresarse con las manos vacías, privado de aquello que, más tarde en mi vida, llegué a considerar como la gran panacea para todos los males humanos. Aquéllos que recibían el embarque de licor desde Boston o desde Nueva York eran mal vistos por la mayor parte de los buenos ciudadanos del lugar. En nuestra ciudad, las iglesias y las escuelas eran muy numerosas. Fue ahí donde comencé mi formación escolar.
Mi padre ejercía una profesión en la cual era reconocido, y tanto él como mi madre consagraban mucho de su tiempo a las actividades parroquiales. Mis dos padres tenían una inteligencia superior a la media.
Desafortunadamente para mí, fui hijo único, lo que quizás generó en mí el egoísmo, el cual jugó un papel tan importante en la aparición de mi alcoholismo.
Desde mi infancia hasta el final de mis estudios secundarios, fui mas o menos obligado a ir a la iglesia. Debía asistir a la escuela de catequismo y a los servicios religiosos nocturnos, participar los lunes en la Comunidad de Obras Cristianas y a veces ir también a las reuniones de oración de los miércoles por la noche. Esto hizo que tomara la resolución de no volver a poner nunca los pies en una iglesia, apenas me liberase de la autoridad de mis progenitores. Mantuve mi resolución durante los cuarenta años siguientes, salvo cuando las circunstancias me dejaban creer que no era sabio no ir.
Después de la escuela secundaria pasé cuatro años en una de las
mejores universidades del país. Allí, la cerveza parecía ser una de las
más grandes actividades fuera de las aulas. Casi todo el mundo parecía
que bebía. Comencé a beber más y más, y me divertía enormemente,
sin tener problemas de salud o de dinero. Al día siguiente de una
parranda daba la impresión de ponerme en forma más rápido que
mis compañeros que tenían la desgracia (o la fortuna) de despertarse
con náuseas. Nunca tuve un dolor de cabeza y eso me induce a creer
que fui alcohólico casi desde el inicio. Toda mi vida parecía consistir
en hacer únicamente lo que yo tenía ganas de hacer, sin considerar
los derechos, los deseos o los privilegios de los demás; esta actitud
se acentuó con el paso de los años. A los ojos de mis compañeros de
bebida, obtuve mi diploma en grado de summa cum laude"
, mas no a los ojos del rector de la facultad.
Durante los tres años que siguieron viajé entre Boston, Chicago
y Montreal, trabajando para una importante compañía manufacturera.
Vendía material ferroviario, motores de gas de toda clase y muchos
otros artículos de maquinaria pesada. Durante esos años bebí cuanto
me permitía mi bolsillo, sin demasiados problemas, aun cuando ya
comenzaba a tener temblores durante las mañanas. No perdí más
que un medio día de trabajo en esos tres años.
Mi próxima decisión fue emprender estudios de medicina;
me inscribí entonces en una de las más grandes universidades del
país. Allí comencé a beber con más ahínco del que había
demostrado antes. Por mi capacidad de beber enormes cantidades
de cerveza, fui electo miembro de una sociedad de bebedores y
rápidamente me convertí en uno de los líderes del grupo. Más de
una mañana, camino del aula, decidía regresar a casa pese a estar
preparado, espantado con la idea de que mis temblores llamaran
la atención si me pedían participar en clase.
Las cosas fueron de mal en peor hasta la primavera de mi segundo
año. Después de un largo período de bebida me dije que podría
terminar mis estudios. Empecé a hacer maletas para irme hacia el
sur y a pasar ahí un mes en un gran finca de un amigo. Cuando
comencé a ver más claro, me dije que mi decisión de abandonar mis
estudios había sido muy tonta y que era mejor regresar. Al volver a la
universidad descubrí que la facultad tenía un punto de vista diferente
al mío. Después de muchas discusiones se me permitió presentarme
a los exámenes, que pasé aceptablemente. Mas los miembros de la
dirección estaban disgustados y me dijeron que la pasarían bien sin
mi presencia. Después de muchas y penosas discusiones, finalmente
me dieron el certificado que demostraba que había pasado los
exámenes y emigré a una de las otras principales universidades del
país, donde entré en aquel otoño como junior" a tercer año.
En esta nueva universidad bebí aun más que antes, hasta que mis
compañeros de la casa donde yo vivía juzgaron imperioso hacer venir
a mi padre. Éste hizo un largo viaje, mas fue en vano que él intentara
corregirme. Su intervención tuvo poco éxito, ya que seguí bebiendo;
consumía aun más bebidas fuertes que antes.
Exactamente antes de los exámenes de mi último año me lancé a
un parranda particularmente grave. En cuanto llegué al salón de
exámenes, mi mano temblaba tanto que era incapaz de asir el lápiz.
Entregué tres hojas en blanco. De inmediato se me pidió ir a la
Dirección y el resultado fue que debía volver a hacer dos semestres y
permanecer absolutamente sobrio, si es que quería graduarme. Lo
hice y me comporté de tal modo que pude satisfacer a la facultad
tanto en conducta como en estudios.
Me comporté tan bien en ese tiempo que pude conseguir un puesto
muy codiciado como interno en una ciudad del oeste. Durante los
dos años que pasé ahí tuve tanto trabajo que casi no abandoné el
hospital. No podía meterme en problemas.
Después de estos dos años de internado, abrí un consultorio en el
centro de la ciudad. Tenía algo de dinero, mucho tiempo libre y graves
problemas en el estómago. Pronto descubrí que algunas copas
atenuaban mis dolores gástricos, por lo menos durante algunas
horas; así, no tuve problema para regresar a mi consumo excesivo
de otros tiempos.
Comencé entonces a tener graves problemas de salud. Con la
esperanza de encontrar algún alivio a mis males, ingresé por mi mismo
cuando menos una docena de veces en uno de los sanatorios locales.
Me encontraba ahora entre Escila y Caribdis, porque si no bebía, el
estómago me torturaba y si bebía eran los nervios que me torturaban.
Después de estos tres años de tormento, ingresé al hospital donde
ellos trataron de ayudarme, pero yo lograba que mis amigos me
contrabandearan alcohol hasta ahí, o bien, yo lo robaba dentro del
establecimiento; mi estado se agravaba rápidamente.
Finalmente, mi padre hizo que me visitara un médico de mi ciudad
natal, el que hizo que me regresara a casa. Estuve en cama cerca de
dos meses antes de poder salir. Estuve ahí aun unos meses antes de
retomar mi práctica médica. Creo haberme espantado terriblemente
de aquello que me había acaecido, o de las advertencias del médico,
o ambas cosas; el caso es que no toqué más una copa hasta la época
en que entró en vigor la prohibición.
Cuando fue votada la prohibición, me sentí seguro. Sabía que
todos comprarían unas pocas botellas o algunas cajas de licor, según
sus recursos, y que todo aquello sería consumido muy pronto. Así no
podía entonces hacerme mucho daño si bebía un poco. En ese
momento, yo no sabía que el gobierno permitía a los médicos
procurarse alcohol en cantidad casi ilimitada. Jamás había oído hablar
de los traficantes de alcohol que muy pronto hicieron su aparición.
Al principio, bebía moderadamente, pero me faltó relativamente poco
tiempo para deslizarme entonces a los viejos hábitos, en los cuales
las consecuencias habían sido tan desastrosas para mí.
Durante los pocos años que siguieron, vi crecer en mí dos fobias:
El miedo a no dormir y el miedo de que me faltara alcohol. Como no
era yo rico, sabía que no debía beber en ciertas circunstancias si yo
querría ganar el suficiente dinero para que no me faltara alcohol.
Entonces, la mayor de las veces, no tomaba la copa de la mañana,
que tanta falta me hacía, y la remplazaba por sedantes para calmar
los temblores que me angustiaban. A veces no podía yo evitar
sucumbir a beber por las mañanas pero, en este caso, quedaba yo en
condiciones de trabajar sólo unas pocas horas. Eso reducía mis
posibilidades de conseguir alcohol en casa, lo que significaba que
pasaría la noche en vela en mi cama y volver a padecer los intolerables
temblores la mañana siguiente. Durante los quince años que siguieron,
tuve el buen sentido de no asistir al hospital después de haber bebido
y no recibía mas que raramente a pacientes en mi consultorio, si es
que ya había bebido alcohol. Algunas veces me refugiaba en uno de
los clubes de los que era miembro y, a veces, me aislaba en un hotel
donde me registraba bajo un nombre falso. Mis amigos podían
frecuentemente encontrarme y yo aceptaba que me llevasen a la casa,
si me prometían que no me iban a sermonear.
Si mi mujer proyectaba abstenerse por las tardes, me procuraba
mucho alcohol, el cual escondía por todos lados: en el depósito de
carbón, en el cesto de la ropa sucia, sobre los marcos fijos de las
puertas, sobre las vigas del sótano, bajo las duelas del piso. Me servían
también de escondite los baúles viejos y los cofres, los contenedores
viejos y las cenizas de la estufa. Si no me serví de las cajas de agua
de los retretes fue porque pensé que este escondite iba a ser demasiado
evidente. Más tarde descubrí que mi mujer lo inspeccionaba a
menudo. Ponía yo una botella de ocho o doce onzas en guantes de
lana y lo lanzaba hacia el vestíbulo posterior cuando los días de
invierno estaban lo suficientemente oscuros. Mi contrabandista tenía
escondido alcohol en los escalones posteriores a los que yo acudía a
mi voluntad. Algunas veces lo traía en mis bolsillos, pero estos eran
inspeccionados y era muy riesgoso. También lo colocaba en botellas
de cuatro onzas en el resorte de mis calcetines. Esto funcionó bien
hasta que un día mi mujer y yo fuimos a ver a Wallace Beery en
Tugboat Annie", pues el filme había revelado el truco de los
calcetines.
No perderé tiempo en relatarles todas mis experiencias en hechos
de hospitales o psiquiátricos.
Durante ese tiempo nuestros amigos nos evitaban. Ya no éramos
invitados a sus casas, pues era seguro que yo me embriagara. Por la
misma razón, mi mujer ya no se atrevía a invitarlos. Mi miedo al
insomnio exigía que yo me emborrachara todas las noches. Para tener
alcohol en la noche, yo tenía que estar sin beber durante el día, al
menos hasta las cuatro de la tarde. Esta rutina duró 17 años casi sin
interrupción. Esta era realmente una horrible pesadilla: Ganar dinero,
comprar alcohol, llevar el alcohol a escondidas a la casa,
emborracharme, temblar en las mañanas, tomar sedantes para poder
trabajar y ganar dinero y retomar eternamente este círculo vicioso.
Prometía yo a mi esposa, a mis amigos, a mis hijos ya no beber, pero
no obstante lo sincero que había sido al prometer, rara vez podía yo
mantenerme abstemio hasta la noche.
En el interés de aquellos que gusten de los experimentos, voy a
decir unas palabras de lo que llamo la experimento de la cerveza.
Una vez que esta bebida regresó al mercado, me creí salvado. Podría
beber tanto como quisiera. Esto no tenía peligro, pues ninguna persona
jamás se embriagó al beber cerveza. Entonces llené la bodega de
cerveza, con el permiso de mi buena esposa. Muy pronto, bebía yo
cuando menos una cada y media de cerveza al día. Subí trece
kilogramos de peso en alrededor de dos meses; parecía un puerco y
tenía dificultades para respirar. También me vendí la idea de que el
olor de la cerveza disfrazaba cualquier otro aroma a alcohol; me
puse a reforzar la cerveza con alcohol puro. Obviamente, el resultado
fue desastroso y marcó el fin de mi experimento con la cerveza.
Por esa época más o menos, me encontré en el seno de un grupo
de personas que me atraían por su impresión de calma, de salud y de
dicha que proyectaban. Hablaban con libertad, sin embarazo, cosa
que yo jamás llegué a hacer, y parecían estar a gusto en cualesquier
circunstancia y en plena salud. Mas ahora parecían ser muy felices.
Por mi parte, yo estaba ensimismado y me sentía incómodo la mayor
parte del tiempo, mi salud estaba a punto del colapso y era
profundamente desdichado. Sentía que esas personas tenían algo que
me faltaba y que me sería de un gran socorro. Aprendí que se trataba
de algo de carácter espiritual y eso no me atraía mucho, pero pensaba
que tampoco podría hacerme daño alguno. Pensé mucho en eso a lo
largo de los dos años y medio que siguieron, pero aun continuaba
emborrachándome todas las noches. Leí todo aquello que pude
encontrar y hablaba con cualquiera que pudiese saber algo.
Mi mujer tomó un profundo interés en esto y fue el de ella
que sostuvo al mío, aunque nunca hubiese supuesto que hubiera
podido constituir una respuesta a mi problema de beber. No sabré
jamás como mi mujer habría podido conservar su fe y su coraje
durante todos esos años, pero de hecho los conservó. Si así no
hubiese sido, es seguro que yo estaría muerto desde un largo
tiempo atrás. No sé como, nosotros los alcohólicos parece que
poseemos el don de descubrir a las mejores mujeres del mundo.
Porque ellas deben sufrir las torturas que les infligimos. Es una
cosa que no llego a explicarme.
En torno a esta época, una señora llamó a mi mujer un sábado
por la noche, diciéndole que deseaba que yo fuese con ella para
encontrarme con un amigo suyo el cual quizás podría ayudarme.
Era la víspera del Día de las Madres y yo había vuelto a casa
ebrio, llevando una enorme planta en un florero que puse bajo la
mesa e inmediatamente después salí de esa estancia y me fui a mi
lecho. Al día siguiente la señora llamó de nuevo. Queriendo ser
educado, aunque me sentía muy mal le dije: «Está bien, vamos»
pero le arranqué a mi mujer la promesa que no permaneceríamos
más de un cuarto de hora.
Entramos en aquella casa a las cinco exactas y era las once y
cuarto cuando salimos a la calle. Tuvo sucesivamente dos breves
conversaciones con ese hombre, después bruscamente cesé de beber.
Este período de abstención duró cerca de tres semanas; después recaí
en Atlantic City por participar en un congreso que había durado varios
días, de una sociedad nacional de la cual era yo miembro. Bebí todo
el whisky que había arriba del tren y compré varias botellas para
llevarlas a mi hotel. Era un domingo. Esa noche me emborraché,
pero permanecí sobrio el lunes después de la cena y entonces comencé
a emborracharme. Bebí todo aquello que pude encontrar en el bar y
después salí hacía mi cuarto para proseguir. El martes comencé a
fines de la mañana y al mediodía estaba ya en un estado deplorable.
No queriendo perder la cara del todo, pagué la cuenta y dejé el hotel.
Compré licor en el camino a la estación. Debía esperar mucho tiempo
al tren. Después de eso ya no recuerdo nada hasta el momento en
que me despertaba en la casa de un amigo en una ciudad no lejana a
mi hogar. Estas buenas personas avisaron a mi mujer quien mandó a
mi nuevo amigo por mí. Vino él y me llevó a casa, me hizo que me
metiera en la cama, me dio algo de beber aquella noche y una botella
de cerveza a la mañana siguiente.
Era el 10 de junio de 1935 y fue esta la última copa. Al momento
en que escribo esto han pasado cuatro años desde aquel día.
La pregunta que naturalmente podía surgir en vuestra mente es
esta: «¿Qué diferencia está tras aquello que ese hombre dijo o hizo y
aquello que otros os habían dicho o hecho?» Es necesario recordar
que yo había leído mucho y hablado con todos aquellos que sabían o
creían saber algo en materia de alcoholismo. Pero esta vez me
encontraba frente a un hombre que vivió los largos años la espantosa
experiencia de beber, que había conocido todas las experiencias por
las cuales pasa el bebedor pero que habían sido curadas con los
mismos medios que yo había tratado de usar, esto es con los principios
espirituales. El me dio información sobre el alcoholismo que me fue
ciertamente útil. Pero bastante más importante fue el hecho que él
fue el primer ser humano con el cual hubiese yo hablado, que
sabía por experiencia personal aquello que decía cuando hablaba
de alcoholismo. En otras palabras, él hablaba mi mismo idioma.
El conocía todas las respuestas y ciertamente no por haberlas
leído en alguna parte.
Es un maravilloso don, inmensamente grande, ese de haberme
liberado de la terrible maldición que me había condenado toda la
vida. Mi salud es ahora buena y yo he vuelto a encontrar el respeto
de los míos y el respeto de mis colegas. Mi vida familiar es ideal
y mis negocios van bien por cuanto es posible en estos tiempos
inciertos.
Paso gran parte de mi tiempo transmitiendo eso que he aprendido
a los que lo deseen y que tengan una gran necesidad.
Lo hago por cuatro motivos:
1. Por un sentido del deber.
2. Porque es para mí un placer.
3. Porque al hacerlo así pago mi deuda de gratitud hacia quien
gastó su tiempo para transmitirme su mensaje.
4. Porque cada vez que lo hago me aseguro una mayor garantía
contra una posible recaída.
Diversamente de la mayor parte de nuestros miembros, yo no
pude liberarme del deseo obsesivo del alcohol durante los primeros
dos años y medio de abstinencia. Me acompañó casi siempre. Mas
nunca estuve en el punto de ceder. Me sentía terriblemente infeliz
cuando veía a mis amigos beber y saber que yo no podía hacer lo
mismo. Pero pude llegar a convencerme que una vez tuve el mismo
privilegio, mas abusé de él tan terriblemente que el mismo me fue
arrebatado. Por eso no tengo razón en lloriquear por esto, ya que,
después de todo, nadie tuvo que atarme para vaciar en mi garganta el
alcohol.
Si usted piensa ser un ateo, un agnóstico, un escéptico o si tiene
una especie de orgullo intelectual que le impida aceptar lo que este
libro contiene, lo lamento por usted. Si aun piensa el ser lo
suficientemente fuerte para vencer solo la partida, eso es asunto
vuestro. Pero si realmente y sinceramente siente tener necesidad de
una ayuda, creemos tener una respuesta para usted. Ella no falla nunca,
si usted pone la mitad del celo que ha mostrado sólidamente cuando
se trata de procurarse otra copa.
¡Vuestro Padre Celestial jamás os abandonará!
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