Raramente hemos visto a una persona que, siguiendo el
camino recorrido por nosotros, no haya tenido éxito en su lucha
contra el alcohol. Los que no se restablecen son personas que
no pueden o no quieren someterse completamente a este simple
programa. Son por lo común hombres y mujeres que por
naturaleza son incapaces de ser sinceros consigo mismos. Hay
esta clase de desafortunados. No es su culpa, parecen haber
nacido así. Su naturaleza no les permite adoptar y desarrollar
una forma de vivir que exige una rigurosa honestidad. Sus
posibilidades de restablecerse son limitadas. Aunque son
individuos que sufren graves anomalías emocionales y
mentales; sin embargo, muchos de ellos se restablecen si son
capaces de ser honestos y sinceros.
Nuestras historias revelan lo que éramos, lo que nos sucedió
y lo que ahora somos. Si usted, lector, quiere lo que nosotros
tenemos y está dispuesto a todo para obtener nuestros
resultados, estará dispuesto a avanzar por pasos.
Al principio, algunos de estos pasos no fueron aceptados
por nosotros. Pensábamos poder encontrar un camino más fácil,
más cómodo. Mas esto fue imposible. Con toda la energía y
honestidad que poseemos, le rogamos no tener miedo y ser
sincero desde el comienzo. Varios de nosotros han intentado
aferrarse a sus viejas ideas y el resultado ha sido cero hasta
que las abandonan.
Recordemos todos que tenemos que tratar con el alcohol
¡astuto, desconcertante y potente! Sin ayuda, es demasiado
para nosotros. Pero hay un Ser que tiene todo el poder, y este
Ser es Dios. ¡Te deseamos que lo encuentres ahora!
Las medidas parciales no nos ayudaron. Estuvimos en el
punto decisivo de nuestra vida. Pedimos ayuda y protección a
Dios, abandonándonos completamente a Su voluntad.
He aquí los pasos que seguimos y que proponemos como
programa de recuperación:
1) Admitimos nuestra impotencia ante el alcohol y que
nuestras vidas se habían vuelto incontrolables.
2) Llegamos a creer que un Poder más grande que nosotros
podría devolvernos la razón.
3) Tomamos la decisión de confiar nuestra voluntad y
nuestras vidas al cuidado de Dios, tal como lo pudimos
concebir.
4) Procedimos a hacer un inventario moral profundo y sin
miedo de nosotros mismos.
5) Admitimos frente a Dios, frente a nosotros mismos y frente
a otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestras culpas.
6) Consentimos plenamente que Dios eliminase todos los
defectos de nuestro carácter.
Muchos de nosotros exclamaron: ¡Es demasiado difícil!
¡Yo no voy a llegar!" No se desanime. Nadie de nosotros ha
podido poner en práctica estos principios a la perfección. No
somos santos. Lo que cuenta es que nosotros estemos
dispuestos a progresar según los principios espirituales.
Nosotros hemos buscado progreso espiritual mas que
perfección espiritual.
Nuestra descripción del alcohólico, el capítulo que
dedicamos a los agnósticos, nuestras experiencias antes y
después de la recuperación, ponen en evidencia tres puntos
bastante claros :
a) Que éramos alcohólicos e incapaces de controlar nuestras
vidas.
b) Que probablemente ninguna fuerza humana hubiese
podido salvarnos del alcoholismo.
c) Que Dios podía y quería hacerlo si Lo
buscábamos.
Finalmente convencidos, estábamos en el Tercer Paso, que habla
de todo lo que es necesario para el abandono de nuestra voluntad y
nuestra vida al cuidado de Dios. ¿Qué tratamos de decir con esto ?
¿Y que hacemos exactamente para abandonarnos a Él ?
El primer requisito es el convencimiento de que una vida
conducida de acuerdo con la propia voluntad e independencia
raramente puede tener éxito. Sobre esta base casi siempre nos
encontramos en conflicto con alguien o algo, aunque nuestros
motivos sean buenos. La mayor parte de los hombres trata de
vivir basándose en su propia energía personal. Cada persona es
como un actor que pretende dirigir la representación total: las
luces, la danza, los actores, el escenario, siguiendo sus propios
gustos. Si sus órdenes se siguieran y si los otros sólo se apegaran
a sus deseos, el espectáculo sería perfecto. Todos estarían
satisfechos, incluso él. La vida sería magnífica. En sus esfuerzos
por poner todo en orden, nuestro actor quizá pueda mostrarse a
veces muy virtuoso. Puede ser afable, simpático, cortés, generoso,
indulgente, modesto y altruista. Y también puede ser egoísta,
deshonesto y agresivo. Como todas las personas en este mundo,
es probable que tenga una personalidad con múltiples facetas.
¿Qué ocurre normalmente? El espectáculo no se desarrolla muy
bien y nuestro actor comienza a creer que el ambiente en el que vive
no lo trata como él piensa que se merece. Decide hacer esfuerzos
más grandes para tener éxito. Se vuelve más exigente o más amable,
según sea el caso. No obstante, el espectáculo ahora no le gusta.
Admite que tal vez tiene alguna culpa, pero piensa que los demás
son más culpables. Se irrita, se indigna y se desprecia. ¿Cuál es su
problema fundamental? ¿No es verdad que trata de alabarse a sí
mismo, aun cuando trata de ser gentil? ¿No es víctima de la ilusión
de que se puede lograr dicha y satisfacción en este mundo con la sola
condición de saber cómo hacerlo? ¿No es evidente para el resto de
los actores que esto es lo que él quiere? ¿Y no es cierto que todo eso
incita a los otros a vengarse, retirando lo mejor del espectáculo? Aun
en sus mejores momentos, ¿no crea él más confusión que armonía?
Nuestro actor es un egocéntrico y un ególatra. Es como un rico
pensionado que pasa bien el invierno bajo el sol de Florida,
lamentando el desastre financiero en el que se encuentra su nación;
es como un predicador que suspira con horror por los pecados del
siglo XX; es como el político y el reformador que afirma que
seguramente la Utopía se realizaría si los demás se comportaran bien;
y como el ladrón que fuerza cajas de valores mientras piensa que la
sociedad se ha comportado mal con él; y como el alcohólico que ha
perdido todo y se recupera tras de cuatro paredes. Cualesquiera que
sean nuestras protestas, ¿no es verdad que la mayor parte de nosotros
estamos preocupados por nosotros mismos, por los propios
resentimientos, y no hacemos más que conmiserarnos?
Egoísmo y egocentrismo. He aquí la causa de nuestras penas.
Llevados por múltiples formas de temor, miedo, preocupaciones,
autoconmiseración, pisamos a los otros y ellos reaccionan. A veces
nos hacen daño, sin que haya mediado una provocación de nuestra
parte; pero si reflexionamos sobre cuánto hemos hecho, podremos
reconocer que dimos motivos suficientes para provocarlos, porque
bajo nuestro egocentrismo y nuestra autoconmiseración no pensamos
mas que en nosotros, sin preocuparnos de los demás.
En el fondo pensamos que la causa de nuestros problemas
somos nosotros mismos. Ellos surgen de nuestro interior. Y el
alcohólico es el ejemplo típico de una voluntad sin freno, aunque
la mayor parte de las veces no se dé cuenta. Antes que todo, los
alcohólicos debemos desembarazarnos de nuestro egoísmo, si no
el egoísmo nos mata. Dios nos da la posibilidad. A menudo la
experiencia nos enseña que no nos es posible abandonar nuestro
egoísmo sin Su ayuda. Muchos de nosotros tuvimos muchas
convicciones morales y filosóficas, pero no pudimos ponerlas en
práctica aun cuando lo deseábamos. Ni tampoco pudimos con
nuestra solas fuerzas reducir nuestro egoísmo, por mucho que
deseáramos o tratáramos. Necesitamos la ayuda de Dios.
He aquí el cómo y el porqué de nuestro método. Antes que nada
tuvimos que dejar de comportarnos como si fuésemos Dios. Este
modo de ser no funcionó. Después decidimos que en este drama de
la vida Dios fuese nuestro Director: ¡Él sería el Director y nosotros
sus agentes! Él es el Padre y nosotros somos Sus hijos. La mayor
parte de las buenas ideas no son complicadas, sino simples, y este
concepto ha sido la llave de este arco del triunfo por el cual hemos
pasado para reencontrar nuestra libertad.
Tomada esta resolución con sinceridad, comprendimos que en
torno nuestro acaecían cosas maravillosas y que teníamos un nuevo
Patrón. En Su omnipotencia, Él nos proveía de lo que necesitásemos,
a condición de que estuviéramos cerca de Él e hiciésemos bien Su
trabajo. Llenos de fe en Él, nos fuimos interesando menos en nosotros
mismos, en nuestras pequeñas ideas y en nuestros proyectos. Más y
más interesante era aportar una contribución a la vida. Mientras
sentíamos que nos inundaba una nueva fuerza, gozábamos una
profunda paz del espíritu y cuando descubrimos la posibilidad de
encarar la vida con éxito, cuando tuvimos conciencia de Su presencia,
comenzamos a perder aquel miedo del hoy, del mañana y del porvenir
que siempre habíamos tenido. Habíamos nacido por segunda vez.
Aquí nos encontramos entonces en el Tercer Paso. Varios de
nosotros se dirigieron a su Creador, tal como ellos lo entendían, con
la siguiente plegaria: Oh, Dios, te ofrezco todo de mí para que Tú
puedas rehacerme de nuevo y hagas de mí lo que quieras. Libérame
de la esclavitud del egoísmo, para que yo pueda cumplir tu Voluntad.
Aleja de mí las dificultades, de suerte que mi victoria sobre ellas sea
un testimonio de Tu fuerza, de Tu amor y de Tu modo de vida para
aquéllos a quienes yo haya ayudado. Haz que yo pueda hacer siempre
Tu voluntad." Largamente reflexionamos antes de pasar esta etapa,
ya que queríamos estar bien dispuestos; queríamos estar seguros de
que, al fin, podíamos abandonarnos a Él completamente.
Descubrimos que era bueno afrontar este paso de crecimiento
espiritual junto con alguna persona comprensiva, ya fuera la esposa
o un buen amigo o el director espiritual. Mejor es encontrarse a solas
con Dios que con una persona que no comprenda. La selección de
las palabras evidentemente que depende de nosotros: lo importante
es que se exprese claramente lo que uno intente afirmar. Es solamente
el inicio, pero si se comienza con humildad y honestidad el camino
hacia el abandono a Dios, de inmediato se tienen resultados, a veces
bastante grandes.
Enseguida nos encaminamos en una carrera de vigorosa actividad,
cuyo primer paso es un inventario personal, una limpieza de nuestra
conciencia, que muchos de nosotros ni siquiera habían intentado hacer.
Aunque la decisión tomada fue crucial y determinante, comprendimos
que no podía haber un efecto duradero si no era seguida por un
constante y continuo acto de voluntad de enfrentar y liberarnos de
todos nuestros impedimentos. La necesidad de beber no era más que
un síntoma. Por lo tanto, debíamos atacar las causas y los motivos.
Para tal fin, como dijimos arriba, comenzamos el inventario
personal. Era el Cuarto Paso de nuestro crecimiento espiritual. Un
negociante que no hace regularmente el inventario de las mercancías,
está destinado al fracaso. Hacer un inventario comercial consiste en
reconocer los hechos y examinarlos. Se busca conocer bien las
mercancías en almacén. Uno de los fines de la operación es determinar
cuáles son las mercancías dañadas o invendibles. Entonces hay que
liberarse de ellas prontamente y sin lamentarlo. Si un negociante
está interesado en el éxito, no puede engañarse sobre cuánto hay en
la tienda.
Hicimos un inventario semejante de nuestra vida, y lo hicimos
sinceramente. Al principio buscamos las imperfecciones de nuestro
carácter que causaron nuestro fracaso. Convencidos de que el egoísmo
es la causa de nuestra ruina, consideramos sus manifestaciones más
comunes.
El resentimiento es el enemigo número uno". Este sentimiento
destruye más alcohólicos que cualquier otra cosa. Da lugar a todas
las formas de enfermedad espiritual; hay que admitir que estábamos
afectados no sólo mentalmente y físicamente, sino también
espiritualmente. Por lo tanto, cuando el mal espiritual ya no existe,
nos recuperamos física y mentalmente. Para examinar nuestros
resentimientos, los escribimos sobre una hoja. Hicimos la lista de las
personas, de las instituciones o de los principios que suscitaban nuestra
cólera. Nos preguntamos por qué nos enojábamos. Encontramos que
la mayor parte del tiempo nos sentimos heridos o amenazados en
nuestro amor propio; nuestras ambiciones, nuestra cartera, nuestras
relaciones personales (comprendidas aquí las sexuales) estaban en
peligro y amenazadas. Eso nos hacía sufrir y también encolerizarnos.
En la lista de nuestros resentimientos también apuntamos, al lado
de cada nombre, la naturaleza de nuestra herida, preguntándonos
qué aspecto de nuestra vida había sido afectado: ¿nuestro amor propio,
nuestra seguridad, nuestras ambiciones, nuestras relaciones
personales, nuestras relaciones sexuales?
En general, nuestra descripción era tan precisa como la siguiente:
NUESTRO PROGRAMA / How it works
| [1] | [2] | [3] |
| Tengo resenti miento hacia | Causa | Puntos heridos de mi personalidad |
| Sr. Guzmán. | Sus atenciones para con mi mujer. | Relaciones conyugales y sexuales. Mi autoestima (miedo). |
| Le dijo a mi mujer que tengo una amante. | Relaciones sexuales. Amor propio (miedo). | |
| Guzmán podría tomar mi puesto en la oficina. | Seguridad financiera. Amor propio (miedo). | |
| Sra. Castañón. | Es una loca; me rechazó internó a su marido por beber. Él es mi amigo. Ella es una chismosa. | Relación personal. Amor propio (miedo) |
| Mi patrón. | Irrazonable Injusto - Exige demasiado - Amenaza con correrme por beber demasiado y por aumentar mi cuenta de gastos. | Amor propio (miedo). Seguridad financiera. |
| Mi mujer. | No me comprende, me critica. Le gusta Guzmán. Quiere que ponga la casa a su nombre. | Orgullo. Relaciones personales y sexuales Seguridad (miedo). |
Así, hicimos una revisión de nuestras vidas, con la máxima exactitud y honestidad. Al terminar nuestra tarea estudiamos con cuidado lo que habíamos descubierto. La cosa más evidente fue que este mundo y quienes lo habitan están llenos de errores y de defectos. Una buena parte de nosotros llegó a la conclusión de que eran los otros quienes estaban equivocados. Resultaba, naturalmente, que ellos
![]()
Una cosa es clara : aquél que viva en el resentimiento profundo, acaba por llevar una existencia fútil y desdichada. Y cuando dábamos desahogo a nuestro resentimiento, desperdiciábamos minutos preciosos. Mas para el alcohólico, cuya esperanza es conservar y mejorar una experiencia espiritual, este rencor el resentimiento es extremadamente grave. Encontramos que es fatal. Cuando alimentamos ciertos sentimientos, impedimos que los rayos del Espíritu toquen nuestro espíritu. Regresa la locura del alcohol y volvemos a beber. Y, para nosotros, beber equivale a morir.
Si queremos vivir, es necesario liberarnos de la cólera. No va bien con nosotros la impaciencia, ni los excesos mentales y pasionales. Quien es normal puede permitirse estos lujos, pero, para el alcohólico, tales estados de ánimo son veneno.
Regresamos a la lista que habíamos hecho, ya que, según nosotros, contenía la llave del porvenir. Estuvimos dispuestos a examinar esta llave desde un punto de vista completamente nuevo. Entonces comenzamos a comprender que el mundo y sus habitantes en verdad nos dominaban. Siendo así las cosas, las acciones de otros, reales o hipotéticas, tenían el poder para matarnos. ¿Cómo podíamos escapar de esta suerte? Comprendimos que debíamos dominar los resentimientos, pero ¿cómo? No teníamos mayor control sobre nuestros resentimientos, igual que nos ocurría con el alcohol.
Este fue nuestro modo de proceder: nos dimos cuenta de que las personas que nos infligían males estaban espiritualmente enfermas, como lo estábamos nosotros. Pedimos a Dios que nos diera el espíritu de tolerancia, de benevolencia y de paciencia que hubiésemos mostrado con un amigo que estuviese enfermo.
Cuando alguien nos ofendía con su comportamiento, nos
decíamos a nosotros mismos: Es una persona enferma. ¿Cómo podré
serle útil? ¡Que Dios me preserve de la cólera! ¡Que Tu voluntad se
cumpla, oh Señor!"
Evitamos la venganza o las discusiones. Con las personas
enfermas no nos comportaríamos así. Si lo hiciéramos, destruiríamos
toda buena esperanza de ayudar a los demás. No podíamos ser útiles
a todos, pero Dios nos mostraría cómo tratar a todos y a cada uno
con dulzura y tolerancia.
Volvamos a nuestra lista. Enfrentamos resueltamente nuestros
errores, poniendo completamente aparte los males que otros nos
habían hecho a nosotros. ¿Cuándo habíamos sido nosotros los
egoístas, los deshonestos, los miedosos? Aunque no hubiéramos sido
del todo responsables de una cierta situación, tratamos de olvidar el
papel hecho por las otras personas. ¿Cuándo habíamos sido nosotros
los culpables? Hicimos el inventario de nuestro comportamiento, no
el de los demás. Una vez descubiertos nuestros errores, los pusimos
en una lista. En blanco y negro estaban ante nuestros ojos. Admitimos
honestamente nuestros errores y expresamos la voluntad de
corregirlos.
Si se observa el ejemplo descrito arriba, se notará que la palabra
miedo" está escrita entre paréntesis cuando se trata de las dificultades
relacionadas con el señor Guzmán, la señora Castañón, el patrón y la
esposa. Esta palabra, así de corta, tiene que ver con todos los aspectos
de nuestra vida. El tejido de nuestra existencia fue corroído por este
hilo temible y diabólico; puso en movimiento tantas circunstancias
que nos trajeron desgracias, que pensamos que no merecíamos. Pero,
¿acaso no éramos nosotros los que habíamos dado la patada inicial?
Hemos llegado a pensar a veces que el miedo puede ser clasificado
como el robo, en cuanto causa y multiplica los problemas.
Examinamos con toda precisión nuestros miedos. Los
catalogamos por escrito, aunque no hubiesen estado acompañados
de resentimiento. Nos interrogamos sobre su causa. ¿No era que
nuestras fuerzas nos habían fallado? La confianza en nosotros era
buena, pero no pudo llegar lo suficientemente lejos. Ni el problema
del miedo, ni ninguno de los otros problemas que padecíamos, pudo
ser vencido con la confianza en nosotros mismos. Es más, cuando
esta virtud nos hacía sentirnos orgullosos, todo empeoraba.
¿Existe un método mejor? Así lo creemos, pues ahora tenemos
otros fundamentos: la confianza en Dios y el abandono a Sus cuidados.
Más que fiarnos de nuestro yo limitado, ponemos nuestra confianza
en un Dios infinito. Estamos en el mundo para desempeñar el papel
que Él nos asignó. En la medida en que hagamos lo que creamos que
El quiere y humildemente dependamos de Él, nos capacitará para
enfrentar con serenidad la desgracia.
Jamás nos excusamos ante nadie por depender de nuestro Creador.
Podemos reírnos de aquéllos que consideran la espiritualidad como
la vía de la debilidad. Al contrario, es la vía de la fuerza. La historia
ha demostrado que fe es sinónimo de coraje. Todos los hombres de
fe han tenido coraje. Tienen confianza en su Dios. En ningún caso
nos excusamos a causa de Dios. Nosotros mejor Le dejamos
demostrar, a través de nosotros, lo que Él puede hacer. Nosotros Le
pedimos que nos libere de nuestro miedo y que nos haga ver lo que
quiere de nosotros. A partir de ahí sentimos al temor alejarse de
nosotros.
Llegamos ahora a la cuestión sexual. Varios de nosotros tuvieron
necesidad de una reforma en ese campo. Pero, antes que todo, tratamos
de ser sensibles al respecto, ya que es muy fácil extraviarse. Es un
punto sobre el cual las opiniones son diametralmente opuestas, y
van también hasta extremos absurdos. Por una parte, están aquéllos
para quienes las relaciones sexuales no hacen más que satisfacer las
necesidades de nuestra naturaleza interior y no responden
exclusivamente más que a la sola necesidad de procrear. Por otra
parte, están aquéllos que siempre demandan más y más sexo, y que
deploran la institución del matrimonio. Ellos consideran que la
mayoría de los problemas del género humano son, en el fondo,
problemas de orden sexual. Para ellos, o nuestras relaciones sexuales
no son lo suficientemente frecuentes o no son buenas. Todo les parece
revelar la vida sexual. Para algunos, la pimienta de la vida debería
prohibirse; para otros, sólo la pimienta debería contar. No queremos
entrar en esta controversia. No queremos ser los árbitros de ninguna
actitud frente a la sexualidad. Todos nosotros tenemos problemas de
sexualidad. No seríamos seres humanos si no los tuviésemos. Pero
¿cómo resolverlos ?
Analizamos nuestra conducta de años pasados. ¿Cuándo
habíamos sido egoístas, deshonestos o desconsiderados? ¿Le
habíamos hecho daño a alguien? ¿Habíamos sido, sin un motivo
válido, la causa de celos, de sospecha o de amargura para otras
personas? ¿Cuándo habíamos actuado mal en ciertas situaciones?
¿Cómo debimos habernos comportado? Transcribimos todo, lo
clasificamos y nos pusimos a estudiar el resultado.
Al estudiar nuestra conducta, intentamos trazarnos para el futuro
un ideal de vida sexual que fuese sano y realista. Para cada relación
nos hicimos la siguiente pregunta: ¿Habíamos sido o no egoístas?
Le pedimos a Dios que nos ayudara a moldear un ideal y a actuar de
acuerdo con el mismo. Siempre llevábamos en la mente que nuestra
facultades sexuales nos habían sido dadas por Dios y que, por
consiguiente, no podían ser malas; pero que no podíamos utilizarlas
a la ligera o egoístamente, ni tampoco debíamos despreciarlas o
tenerles aversión.
Cualquiera que sea el ideal adoptado, debemos siempre estar
dispuestos a crecer hacia el mismo. Debemos estar dispuestos a hacer
enmiendas por los daños que hayamos causado, siempre que esta
reparación no cause daños aun más grandes. En otras palabras,
tratamos la cuestión sexual como todas las demás. En nuestra
meditación le pedimos a Dios lo que debemos hacer ante cada
situación examinada. La buena respuesta nos será dada si nosotros
lo deseamos.
Sólo Dios puede ser el juez imparcial de nuestra situación en
materia sexual. A menudo es útil consultar con otras personas, pero
nosotros dejamos a Dios el juicio final. Nos damos cuenta de que,
cuando se trata de cuestiones sexuales, podemos encontrar a personas
demasiado rigurosas o demasiado indulgentes. Evitamos las ideas o
el consejo de personas histéricas.
Supongamos que no alcancemos a llegar a la meta ideal que nos
fijamos. ¿Vamos a beber, por lo tanto? Hay quienes comparten esta
opinión. Pero esto no es más que una verdad a medias. Todo depende
de nosotros y de nuestros motivos. Si lamentamos nuestro error y
tenemos el deseo sincero de dejar que Dios nos guíe hacia lo que sea
mejor, creemos que seremos perdonados y que habremos aprendido
nuestra lección. Si no nos arrepentimos de nuestra conducta pasada
y seguimos tranquilamente haciendo el mal a los demás, es verdad
que volveremos a beber. Esta no es una teoría. Son hechos
aprendidos con nuestra experiencia.
Para regresar de manera sucinta al problema del sexo,
sinceramente rezamos para conocer nuestro comportamiento ideal
en este terreno, para obtener ayuda en situaciones dudosas, el
sentido común y la fuerza para hacer lo que esté bien. Si nuestra
vida sexual nos causa graves penas, nos ponemos una vez más a
servirle a otros. Pensamos en sus necesidades y tratamos de
ayudarlos para que las satisfagan. Eso nos obliga a salir de nosotros
mismos. Nos calma los deseos imperiosos, cuya satisfacción
significaría sufrimiento.
Si verdaderamente hemos hecho un inventario exhaustivo,
escribimos mucho. Enumeramos y analizamos nuestros
resentimientos. Empezamos a comprender su futilidad y el peligro
mortal que representaban. Comenzamos a ver lo terriblemente
destructores que son. Comenzamos a aprender lo que son la
tolerancia, la paciencia y la buena voluntad hacia nuestros
semejantes y también hacia nuestros enemigos, a los que
empezamos a ver como seres enfermos. Hicimos la lista de las
personas que nuestra conducta había lastimado y estuvimos
dispuestos a reparar, si era posible, el daño que les habíamos
causado en el pasado.
En este libro ha leído usted una y otra vez que la fe ha hecho
por nosotros lo que no pudimos hacer por nosotros mismos.
Esperamos haberlo convencido de que Dios puede liberarnos de
toda forma de voluntad personal, de eso que nos apartaba de Él.
Si usted ya ha tomado una decisión en lo que a Él concierne y ya
ha hecho un inventario de sus debilidades más graves, ha tenido
un buen comienzo. Así, ha absorbido y digerido algunas grandes
verdades sobre usted mismo.
updated: September 14, 1997
![]()
![]()