La experiencia de todos los días demuestra que nada es más eficaz
para garantizar nuestra sobriedad, que un intenso trabajo en favor de
otros alcohólicos. Esto funciona incluso donde las otras actividades
no funcionan. Esta es nuestra duodécima sugerencia: ¡Lleve este
mensaje a otros alcohólicos! Usted puede ayudarlos cuando ninguna
otra persona pudo. Usted puede conquistar su fe cuando los demás
no pudieron. Recuerde que los alcohólicos están seriamente enfermos.
La vida adquirirá un nuevo significado. Observar a las personas
que se restablecen, verlas ayudar a otros, notar cómo la soledad se
desvanece, ver crecer alrededor de usted la solidaridad del grupo,
tener una multitud de amigos: ésta es una experiencia de la cual no
debe privarse usted. El frecuente encuentro con los nuevos que llegan
como todos nosotros, es el aspecto alegre de nuestra vida.
Quizás no conozca usted a ningún bebedor que quiera
corregirse. Puede encontrarlos fácilmente, preguntando en su
comunidad al médico, al sacerdote, o en el hospital. Ellos estarán
muy contentos de responder a su solicitud. No comience como
un evangelizador o reformador. Desdichadamente existen
muchísimos prejuicios y se encontrará usted en posición
desventajosa si los incita. Los sacerdotes y los médicos son
competentes y si usted lo desea podrá aprender mucho de ellos,
pero es un hecho que con la experiencia de bebedor, usted puede
ayudar, como ningún otro, a otros alcohólicos. Por eso coopere;
nunca critique. Servir es nuestro único propósito.
Cuando descubra a un posible miembro de Alcohólicos
Anónimos, trate de saber todo aquello que pueda sobre él. Si no
tiene la intención de dejar de beber, no pierda el tiempo
persuadiéndolo. Podría desperdiciar una posibilidad futura. Este
consejo se dirige también a su familia. Ellos deben ser pacientes y
darse cuenta de que están tratando con una persona enferma.
Si da algún indicio de que esta vez quiere dejar de beber, platique
con la persona que más se interesa en él casi siempre su mujer.
Hágase una idea de su comportamiento, de sus problemas, de sus
antecedentes, de la gravedad de su estado y de su instrucción religiosa.
Esta información le servirá para ponerse en su lugar, para
comprender como querría usted que él se aproximara, si los papeles
se invirtieran.
A menudo es necesario esperar que él comience una juerga.
La familia podría no estar de acuerdo con esto, pero a menos que
él no esté en condiciones físicas peligrosas, es mejor correr este
riesgo. No trate con él cuando esté en un estado de gran borrachera,
a menos que se ponga violento y que la familia tenga necesidad
de ayuda. Espere al final de la juerga o al menos un intervalo
lúcido. Ahora deje que su familia o un amigo le pregunten si quiere
dejar definitivamente de beber y si está dispuesto a hacer cualquier
cosa para lograrlo. Si responde afirmativamente, entonces se le
deberá hablar de usted como una persona que se ha restablecido.
Es necesario que usted sea descrito como un miembro de una
asociación de personas que, como parte de su rehabilitación, tratan
de ayudar a otros y que se le diga que usted estará contento de
hablar con él, si él desea recibir su visita.
Si no quiere verlo, no trate de imponer su presencia. Ni la
familia debe insistirle que haga alguna cosa, ni hablarle mucho
de usted. Es mejor esperar al final de su próxima parranda. Quizás
usted puede colocar este libro donde él lo vea. Aquí no se puede
dar ninguna regla específica. La familia debe decidir al respecto.
Pero exhórtela a no acelerar demasiado las cosas, porque esto
podría comprometer el futuro.
La familia deberá evitar contar la historia de usted. Si es posible,
evite encontrar al alcohólico por mediación de la familia. Es mejor
abordarlo por medio de un médico o una institución. Si él tiene
necesidad de recuperarse en un hospital, está bien, mas no a la fuerza,
a menos que sea violento. Deje que sea el médico, si éste así lo desea,
el que le diga que puede ofrecerle la vía de una solución.
Cuando su hombre esté mejor, el médico podrá proponerle una
visita. Aun cuando usted ya haya hablado con la familia, déjela fuera
de la primera entrevista. Así, su alcohólico verá que no se ejerce
ninguna presión sobre él. Se dará cuenta de que puede tratar con
usted sin ser fastidiado por la familia. Visítelo cuando aún esté agitado.
Quizá sea más receptivo cuando se encuentre deprimido.
Si es posible, vea a su hombre a solas. Entable al principio una
conversación sobre temas generales. Después lleve la plática hacia
cualquier tema relacionado con la bebida. Háblele de sus propios
hábitos de bebedor, de sus síntomas y de su experiencia, para que él
se anime a hablar de sí mismo. Si desea hablar, déjelo que lo haga.
Así, usted tendrá una idea más exacta del método que deberá adoptar.
Si no está de humor para hablar, esboce un cuadro de su propia carrera
de bebedor hasta el momento en que dejó de beber. Pero, por el
momento, no diga nada sobre cómo ocurrió eso. Si está serio,
deténgase y hable sobre los disturbios que el alcohol le ha acarreado
a usted, pero esté atento de no hacer una prédica o una disertación. Si
está alegre, relátele alguna historia cómica de sus escapadas.
Estimúlelo a que cuente alguna suya.
Cuando haya comprendido que usted es un experto en todos los
trucos de los bebedores, comience a describirse como un alcohólico.
Relátele cómo estaba desconcertado y cómo al fin comprendió que
estaba enfermo. Descríbale sus esfuerzos por dejar de beber. Muéstrele
las piruetas mentales que conducen a la primera copa de una
borrachera. Le sugerimos proceder como indicamos ya en el capítulo
sobre el alcoholismo. Si él es un alcohólico, comprenderá de
inmediato. Comparará su inconsistencia mental de entonces con
cualquier cosa que le esté sucediendo a él mismo.
Si usted está persuadido de que él es realmente un alcohólico,
comience a insistir sobre el carácter incurable del mal. Muéstrele
cómo, por su propia experiencia, la extraña condición mental en torno
a aquella primera copa impide el funcionamiento normal de la fuerza
de voluntad. En este primer estadio no haga alusión a este libro, a
menos que él lo haya visto y desee discutirlo. Y cuídese de no definirlo
como un alcohólico. Déjelo que él mismo saque sus propias
conclusiones. Si se obstina en pensar que aún puede controlarse en
la bebida, dígale que posiblemente sí pueda si no es demasiado
alcohólico. Pero insista en el hecho de que está gravemente afligido
por este mal, que serán bien pocas las esperanzas de que pueda salir
por sí mismo.
Continúe hablando del alcoholismo como una enfermedad, una
fatal enfermedad. Hable de las condiciones del cuerpo y de la mente
que la acompañan. Mantenga su atención centrada sobre su propia
experiencia. Explique cómo muchos que ni siquiera se han enterado
de su gravedad, ya están condenados. Los médicos se muestran con
justicia renuentes a decir toda la verdad a sus pacientes alcohólicos,
a menos que eso sirva para lograr un buen propósito. Mas usted puede
hablarle de la fatalidad del alcoholismo, porque usted ofrece una
solución. Bien pronto, nuestro amigo admitirá tener muchas, si no es
que todas, de las características del alcohólico. Si el médico está de
acuerdo en decirle que es un alcohólico, tanto mejor. Aunque su
protegido no admita enteramente su estado, tendrá mucha curiosidad
en saber cómo le ha hecho usted. Déjelo que él haga la pregunta, si lo
desea. Relátele exactamente aquello que le ocurrió. Subraye
libremente el aspecto espiritual. Si él fuese agnóstico o ateo, recalque
el hecho de que no tiene necesidad de concordar con vuestra
concepción de Dios. Puede escoger cualquier concepción que le
plazca, siempre que signifique algo para él.
Lo importante es que él esté dispuesto a creer en un Poder superior a él y que viva siguiendo
principios espirituales.
Al tratar con tal persona es preferible que usted use un lenguaje
de todos los días para explicar los principios espirituales. No es bueno
despertar prejuicios que él pueda tener contra cierta terminología o
contra ciertos conceptos teológicos sobre los cuales pudo haber tenido
ideas confusas. No destaque tales cuestiones, cualesquiera que sean
sus propias convicciones.
Puede darse el caso que su interlocutor pertenezca a una
determinada religión. Sus conocimientos y su formación en la materia
pueden ser muy superiores a los de usted. En tal caso, él se preguntará
cómo podrá usted agregar alguna cosa a cuanto él ya sabe. Pero tendrá
curiosidad en saber cómo entonces sus convicciones no le han
funcionado, mientras que las suyas parecen funcionar tan bien. Él
puede constituir una prueba de que la sola fe no basta. Para ser vital,
la fe debe ir acompañada por el sacrificio personal y por la acción
desinteresada y constructiva. Hágale ver que usted no está ahí para
enseñarle la religión. Admita que probablemente él sepa más que
usted, pero atraiga su atención sobre el hecho de que, no obstante lo
profundo que puedan ser su fe y su saber, él no pudo haberlos puesto
en práctica, pues de otra manera no bebería así. Quizá su propia
historia pueda ayudarlo a comprender dónde no puso en práctica
aquellos mismos preceptos que conoce tan bien. Nosotros no
representamos a ninguna fe o secta particular. Nos servimos sólo de
principios generales comunes a casi todas las religiones.
Delinee el programa de acción explicando cómo hizo usted una
evaluación de sí mismo, cómo enderezó su pasado y por qué está
tratando de serle útil. Es importante que él se dé cuenta de que la
tentativa de usted de transmitirle este mensaje juega un papel
fundamental en su propio proceso de recuperación. Efectivamente,
puede suceder que él lo ayude a usted más que usted a él. Aclare bien
que él no está en deuda con usted y que usted sólo espera que él trate
de ayudar a otro alcohólico cuando haya superado su dificultad
personal. Hágale comprender qué importante es anteponer el bien de
otros al de uno. Aclare que usted no quiere presionarlo y que no es
necesario que él vuelva a verlo si no lo desea. Usted no se ofenderá si
no quiere volver a verlo, porque él ya lo ha ayudado a usted más que
usted a él. Si su plática fue sensata, calmada y plena de comprensión
humana, quizás usted ha hecho un amigo. Puede darse el caso de que
lo haya turbado con la cuestión del alcoholismo. Esto es sólo para
bien. Entre más sienta que es un caso desesperado, mejor. Es más
probable que el siga sus sugerencias.
Quizá su interlocutor pueda dar razones por las cuales no tenga
necesidad de seguir todo el programa. Puede rebelarse ante la idea
de volver a ver drásticamente todo su pasado, que implica hablar con
otras personas. No contradiga tales opiniones. Dígale que usted un
día pensaba así, pero que le es difícil pensar que hubiese progresado
si no hubiera actuado como lo hizo. En la primera visita háblele de la
Agrupación de Alcohólicos Anónimos. Si muestra interés, enséñele
una copia de este libro.
A menos que nuestro amigo desee hablar más sobre él mismo,
no abuse de su hospitalidad. Déjele la posibilidad de reflexionar. Si
usted permanece más tiempo, déjelo que lleve la conversación hacia
donde él quiera. A veces el neófito está deseoso de ir de inmediato al
programa de recuperación y usted podría estar tentado a permitírselo.
Esto es a veces un error. Si más tarde se encontrara en dificultades,
podrá decir que usted lo apresuró. Usted tendrá mucho más éxito
con los alcohólicos, si no muestra mucha pasión por las cruzadas o
las reformas. No hable nunca a un alcohólico de una presunta
superioridad moral o espiritual; ponga simplemente ante él el ajuar
de instrumentos espirituales para que él los inspeccione. Muéstrele
cómo funcionaron en usted. Ofrézcale una sólida amistad y
fraternidad. Dígale que si él quiere restablecerse, usted hará todo
para ayudarlo.
Si su solución no parece interesarlo, o si él espera solamente que
usted actúe como un banquero para resolver sus dificultades
financieras, o como un enfermero para sus juergas, debe entonces
renunciar a ocuparse de él hasta cuando haya cambiado de parecer.
Lo hará después que se haya procurado un poco más de daño.
Si en cambio él muestra un sincero interés en volver a verlo,
pídale que lea este libro entretanto. Después de esto, él mismo deberá
decidir si quiere continuar en esta dirección. No debe ser empujado
o presionado por usted, por su esposa o por sus amigos. Si ha de
encontrar a Dios, el deseo debe venir de su interior.
Si piensa poder resolver su problema de cualquier otro modo, o
si prefiere algún otro acercamiento espiritual, anímelo a seguir su
propia conciencia. Nosotros no tenemos el monopolio de Dios,
tenemos simplemente un acercamiento que para nosotros ha sido
eficaz. Pero hágale notar que nosotros los alcohólicos tenemos
muchos puntos en común y que, en cualquier forma, a usted le gustaría
ser amistoso. No trate de decir más.
No se desanime si no encuentra una inmediata respuesta. Busque
a otro alcohólico e intente de nuevo. Tenga la certeza de que encontrará
a alguien bastante desesperado que aceptará con gusto aquello que
usted le ofrezca. Pensamos que es un pérdida de tiempo arrinconar a
un hombre que no puede o no quiere cooperar con usted. Si usted lo
deja, puede suceder que pronto se convenza de que no puede
recuperarse él solo. Empeñar demasiado tiempo en un caso significa
privar a otro alcohólico de la posibilidad de vivir y ser feliz. Uno de
nuestros miembros fue un completo fiasco con su primera media
docena de candidatos. Dice a menudo que si hubiera continuado
ocupándose de ellos, quizás habría privado de su oportunidad a
muchos otros que con el tiempo se restablecieron.
Supongamos ahora que usted hace una segunda visita a una
persona. Ella ha leído este libro y dice estar dispuesta a pasar por los
Doce Pasos del programa de recuperación. Como usted mismo ha
vivido la experiencia, siente que puede darle diversos consejos
prácticos. Hágale comprender que está a su disposición si decide
intentar y si quiere contar su historia, pero no insista si él quiere
consultar a alguna otra persona.
Puede ser que esté sin un centavo y que no tenga casa. Si es así,
usted podría ayudarlo a encontrar un empleo o darle una pequeña
ayuda financiera. Pero no debe privar a su propia familia o a sus
acreedores del dinero que ellos esperan. Puede también pensar en
llevar a este hombre a su casa por algunos días. Mas asegúrese de
usar la discreción. Asegúrese de que él sea bien acogido por su familia
y de que no trate de imponerse para obtener dinero, relaciones o
asilo. Si usted lo permitiera, no haría más que dañarlo. Lo estaría
empujando a ser insincero. Mas que ayudarlo en su recuperación,
usted estaría ayudándolo a destruirse.
Nunca evite estas responsabilidades, pero tenga la certeza de hacer
las cosas justas, asumiéndolas. La ayuda dada a otros es la piedra
fundamental de su propia recuperación. Un acto gentil de vez en
cuando no basta. Debe actuar como buen Samaritano todos los días,
si es necesario. Eso puede significar la pérdida de muchas noches de
sueño, una gran interferencia en sus pequeños placeres, una
interrupción en sus ocupaciones. Puede significar abrir su cartera y
su casa, asesorar a mujeres y parientes frenéticos, innumerables viajes
a las delegaciones de policía, psiquiátricos, hospitales, cárceles y
asilos. Su teléfono puede sonar a cualquier hora del día o de la noche.
Su mujer quizá diga que usted la ha descuidado. Un borracho puede
romper los muebles de su casa o quemar un colchón. Puede
encontrarse en la situación de tener que luchar con él, si es violento.
A veces tendrá que llamar a un médico para que le suministre sedantes,
a la policía o una ambulancia. A veces deberá enfrentar situaciones
de este género.
Nosotros raramente le permitimos a un alcohólico que viva en
nuestras casas por largo tiempo. Esto no es bueno para él y a veces
crea serios inconvenientes en una familia. Si un alcohólico no
responde a sus esfuerzos, no hay razón para que usted abandone a su
familia. Debería continuar tratándola amigablemente. Debería
ofrecerle su método de vida. Si ellos aceptan o practican los principios
espirituales, hay más posibilidades de que el jefe de familia se
restablezca. Y aunque continuase bebiendo, la familia encontrará la
vida más soportable.
Para el tipo de alcohólico capaz y deseoso de restablecerse es
deseable un poco de caridad en el sentido ordinario del término.
Aquéllos que imploran dinero y asilo antes de vencer al alcohol,
están en la calle equivocada. Aun nosotros hacemos hasta lo imposible
por procurarnos estas cosas, cuando realmente está justificado. Esto
puede parecer contradictorio, pero no lo creemos así.
No es el hecho de dar lo que está a discusión, sino mas bien el
cuándo y el cómo dar. De esto depende a menudo el fracaso o el
éxito. En el momento mismo en que nosotros ponemos nuestro trabajo
en un plano de servicio, el alcohólico comienza a pensar más en
nuestra asistencia que en la de Dios. Él reclama esto o aquello,
declarando que no podrá vencer al alcohol sino cuando sus
necesidades materiales hayan sido satisfechas. ¡Tonterías! Algunos
de nosotros sufrimos gravísimos reveses antes de aprender esta
verdad: Trabajo o no trabajo, mujer o no mujer, el hecho es que no
cesamos de beber mientras dependimos de otras personas, en vez de
depender de Dios.
Imprima en la mente de todo hombre la idea de poder restablecerse
sin considerar a nadie. La sola condición es que confíe en Dios y que
limpie la casa (inventario moral de sí mismo).
Y ahora el problema familiar. Puede haber divorcio, separación
o simplemente relaciones tensas. Cuando su adepto haya saneado
como mejor pueda la situación con su familia y haya explicado
abiertamente los nuevos principios con base en los cuales vive,
deberá poner en práctica esos principios en su casa. Aun si su
familia tuviese culpa, él no debe ocuparse de ello. Deberá
concentrar sus esfuerzos en demostrar la propia espiritualidad.
Polémicas para establecer en qué parte está el error deben ser
evitadas como la lepra. En muchas familias es una cosa difícil de
hacer, mas debe hacerse si se quiere obtener un resultado. Si se
actúa así algunos pocos meses, el efecto en la familia de un hombre
de seguro va a ser grande. Las personas más incompatibles
descubren tener una base sobre la cual se pueden encontrar. Poco
a poco, la familia se dará cuenta de sus propias deficiencias y las
admitirá. Ahora se podrán discutir en una atmósfera de buena
voluntad y cordialidad.
Después de haber visto resultados tangibles, la familia también
deseará cooperar. Esto llegará naturalmente y a su debido tiempo,
siempre y cuando el alcohólico continúe demostrando estar sobrio
y ser respetuoso del sentimiento de los demás y servicial, sin
importar lo que otros digan o hagan. Obviamente, muchos caemos
debajo de esta norma muchas veces. Pero debemos tratar de reparar
inmediatamente el mal hecho, si no queremos pagar la pena con
una parranda.
Si hubiese divorcio o separación, no será oportuno tener una prisa
excesiva por reunir a la pareja. El hombre debe estar seguro de haberse
restablecido. La mujer debe haber comprendido plenamente el nuevo
modo de vivir de él. Si su convivencia va a reanudarse, es necesario
que lo hagan sobre una base mejor que aquella precedente que no
funcionó. Esto es con un espíritu y una actitud nuevos de parte de
ambos. Algunas veces es mejor para todos los implicados que la
pareja permanezca separada. Es evidente que no se puede fijar una
regla. Es mejor que el alcohólico siga adelante con su programa día
con día. Cuando el momento de rehacer la vida en común haya
llegado, será evidente para ambas partes de la pareja.
Que ningún alcohólico diga que no puede restablecerse si no
vuelve a tener con él a toda su familia. Esto no es enteramente
verdadero. En algunos casos, por una razón o por otra, la esposa no
regresará jamás. Recuérdele a su hombre que su restablecimiento no
depende de otras personas, sino de su relación con Dios. Hemos
visto restablecerse a hombres cuyas familias nunca se les han
unido. Hemos visto a otros recaer cuando la familia se reunió
demasiado pronto.
Los dos, usted y el recién llegado, deben avanzar día a día sobre
la vía del progreso espiritual. Si persisten, ocurrirán cosas
notabílisimas. Al mirar hacia atrás nos damos cuenta de que cuanto
ha ocurrido desde que nos pusimos en las manos de Dios, ha sido
mejor que cualquier otra cosa que hubiéramos podido tratar de
hacer solos. Siga los dictados de un Poder Superior y vivirá
efectivamente en un mundo nuevo y maravilloso, cualquiera que
sea su actual situación.
Cuando esté trabajando con un hombre y su familia, ponga
atención para que no se inmiscuya en sus disputas. Si lo hiciera,
podría arruinar su posibilidad de ser útil. Pero hágales comprender a
los familiares que ese hombre ha estado muy enfermo y que debe ser
tratado en consecuencia. Debe prevenirlos para que no susciten
resentimientos o celos. Debe hacerles comprender que sus defectos
de carácter no pueden desaparecer en una noche. Muéstreles que él
ha entrado en un periodo de crecimiento. Pídales recordar, cuando
aumente su impaciencia, el bendito milagro de su sobriedad.
Si usted tuvo éxito en resolver sus propios problemas domésticos,
relate a la familia del recién llegado cómo eran las cosas. De este
modo puede colocarlos sobre la buena ruta sin criticarlos. El relato
de cómo usted y su mujer resolvieron sus dificultades es más válido
que cualquier crítica.
Supongamos que somos espiritualmente fuertes, así podremos
hacer una cantidad de cosas que, se piensa, están prohibidas al
alcohólico. Mucha gente ha dicho que no debemos ir adonde se sirven
licores; que no debemos tenerlo en nuestras casas; que debemos huir
de los amigos que beben; que debemos evitar las películas que
muestren escenas de bebedores; que no debemos entrar en un bar;
que nuestros amigos deben esconder las botellas cuando vayamos a
visitarlos; que no se nos debe recordar en absoluto el alcohol. Nuestra
experiencia demuestra que no es necesariamente así.
Nos encontramos en estas circunstancias cada día. Un
alcohólico que no sepa afrontarlas demuestra aún una mentalidad
de alcohólico; esto es algo que no va bien con su estado espiritual.
Su única posibilidad de permanecer sobrio sería vivir en algún
lugar como el Casquete Polar de Groenlandia, y aun ahí algún
esquimal podría enseñarle una botella de escocés... ¡y arruinarlo
todo! Pregúntele a cualquier esposa que haya mandado a su marido
a un lugar lejano para sacarlo del problema del alcohol.
Creemos que cualquier sistema para combatir el alcoholismo que
se proponga poner al enfermo a salvo de las tentaciones, está destinado
al fracaso. Si el alcohólico intenta aislarse por un tiempo, puede tener
éxito por un cierto tiempo, pero generalmente va al encuentro de una
explosión alcohólica más violenta que nunca. Nosotros pusimos en
práctica esta clase de métodos. Estas tentativas de lograr lo imposible
siempre fracasaron.
Y por eso nuestra regla de no evitar los lugares donde se bebe, si
teníamos un buen motivo para estar ahí.
Esto incluye bares, centros nocturnos, bailes, recepciones, bodas, aun los ordinarios
entretenimientos en los que hay un poco de alegría. A una persona
que haya tenido una experiencia con un alcohólico, le podría parecer
que esto es como tentar a la Providencia, pero no es así.
Notarán que pusimos una condición importante. Por lo tanto,
pregúntese usted mismo cada vez: ¿Tengo una buena razón social,
de negocios o personal para estar en tal lugar? O estoy esperando
robar un poco de placer sustituto de la atmósfera de tales lugares?"
Si su respuesta a estas preguntas es positiva, no tiene por qué
temer. Ir o mantenerse alejado, lo que parezca mejor. Pero
asegúrese de estar sobre un terreno espiritual sólido antes de
aventurarse, y de tener un motivo verdaderamente válido para ir.
No piense en aquello que podrá obtener de esta ocasión. Piense
en aquello que usted podrá aportar. Si se siente vacilante, mejor
debería tratar de ayudar a otro alcohólico.
¿Por qué estar sentado con la cara larga en un sitio donde se
bebe, suspirando por los días felices de otro tiempo? Si se trata de
una ocasión feliz, trate de aumentar el gozo de los presentes; si es
una reunión de negocios, vaya y haga con entusiasmo lo que tenga
que hacer. Si está en compañía de una persona que desee comer en
un bar, vaya sin preocupación. Hágales comprender a sus amigos
que no deben cambiar sus hábitos por consideración a usted. En el
momento oportuno explique a todos sus amigos por qué el alcohol
no se hizo para usted. Si da estas explicaciones sin reticencia, muy
pocos le pedirán que vuelva a beber. Al mismo tiempo que bebía,
usted se iba retirando de la vida, poco a poco. Ahora está retornando
a la vida de relaciones con el mundo. No comience a retirarse de
nuevo sólo porque sus amigos beben licor.
Su empleo ahora consiste en estar allí donde usted pueda ser
útil a otros, así que no dude de ir a cualquier parte si puede ser
útil. No titubee cuando tenga que visitar el lugar más sórdido de
la Tierra. Manténgase en la línea de fuego en esta vida y Dios lo
cuidará de todo peligro.
Muchos de nosotros tenemos licor en casa. A menudo lo
necesitamos para hacer superar a los nuevos el malestar que sigue
a una borrachera. Algunos de nosotros lo servimos a nuestros
amigos, siempre y cuando ellos no sean alcohólicos. Sin embargo,
algunos de nosotros piensan que no debemos servirle licor a nadie.
Nunca nos ponemos a discutir sobre esto. Tenemos la impresión
de que cada familia, considerando las propias circunstancias, debe
decidir por sí misma.
Somos cuidadosos en no mostrar intolerancia o aversión hacia
la bebida como hecho social. La experiencia demuestra que esta
actitud no es de utilidad para nadie. Todo nuevo alcohólico busca
este espíritu de tolerancia entre nosotros y se siente inmensamente
aliviado cuando se da cuenta de que no somos quemabrujas. Un
espíritu de intolerancia podría alejar a los alcohólicos, cuyas vidas
podrían ser salvadas de no ser por semejante estupidez. Si somos
intransigentes, tampoco ayudaríamos a la causa de la abstinencia,
pues ni un bebedor entre mil acepta que alguien que le tiene
aversión al alcohol le hable de su problema.
Esperamos que un día Alcohólicos Anónimos pueda ayudar al
público a darse mejor cuenta de la gravedad del problema del
alcoholismo. Mientras tanto, si nosotros adoptamos un actitud
amarga y hostil, nuestra acción no surtirá grandes efectos. Los
bebedores no la soportarían.
Después de todo, nuestros problemas nos los creamos
nosotros. Las botellas no eran más que un símbolo. Además, hemos
dejado de combatir a las personas y las cosas. ¡No podíamos
actuar de otra manera!
updated: September 14, 1997
TRABAJANDO CON OTROS
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