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Tomado del Libro Grande de A.A.

LA ORACIÓN Y LA MEDITACIÓN

La oración y la meditación son nuestros principales medios de contacto consciente con Dios.

Como el científico que no acepta hacer cierto experimento por miedo a probar que su teoría es equivocada, nos resistimos a creer en los milagros de la oración. Finalmente hacemos el experimento y cuando se han derivado resultados inesperados, nos sentimos diferentes; en realidad nos vemos diferentes;  de esta manera nos convencimos de la meditación y la oración. Esto mismo puede sucederle a cualquiera que lo intente.  “Los únicos que se burlan de la oración son aquellos que nunca la han ensayado lo suficiente”

Aquellos de nosotros que hemos llegado a utilizar regularmente la oración no podemos prescindir de ella. Cuando nos alejamos de la oración y la meditación, privamos a nuestras mentes, emociones e intuiciones de un apoyo fundamental y necesario. Así como el cuerpo puede fallar en sus funciones por falta de alimento, así también puede fallar el alma. Todos necesitamos la luz de la realidad de Dios, el alimento de su fortaleza y la atmósfera de su gracia.

La meditación constituye nuestro paso hacia la luz.  ¿Cómo podemos meditar?

Bueno, podríamos empezar en esta forma. Primero veamos una buena oración. No tendremos que ir lejos a buscar. Las personas más admirables de todas las religiones nos han dejado una maravillosa provisión. Es este punto consideremos una que es clásica.

Su autor fue un hombre que durante varios siglos ha sido considerado como un santo. No nos vamos a parcializar o ahuyentar por ese hecho, porque aunque no era un alcohólico pasó, como nosotros, por un remolino emocional. Y cuando llegó al otro lado de esa dolorosa experiencia, logró expresar en esta oración lo que él pudo ver, sentir y desear.

    “Señor, hazme un instrumento de Tu paz –que donde haya odio, siembre amor – donde haya injuria, perdón – donde haya duda, fe – donde haya desesperación, esperanza, donde haya sombras, luz – donde haya tristeza, alegría. ¡Oh Divino Maestro! Concédeme que no busque ser comprendido, sino comprender – que no busque ser amado, sino amar – porque para encontrarse, hay que olvidarse de si mismo – perdonando, es como Tú nos perdonas – y muriendo en Ti, nacemos para la vida eterna.  Amén”.

Como principiantes en la meditación, podríamos ahora releer esta oración varias veces muy lentamente, saboreando cada palabra y tratando de abarcar el profundo significado de cada frase y de cada idea. Será mejor si podemos abandonar toda resistencia a lo expresado allí. Porque en la meditación no hay lugar para la discusión. Descansamos tranquilamente con los pensamientos de alguien que sabe, de suerte que podamos experimentar y aprender.

La meditación nos ayuda a imaginar nuestro objetivo espiritual antes de que intentemos movernos hacia él.

La meditación es la manera de calmar nuestra mente para que podamos conocer mejor a Dios. Igual que con la oración, no existe ninguna manera correcta para practicar la meditación; por cierto, la mayoría de nosotros variamos nuestras prácticas de vez en cuando. La única forma equivocada de meditar es no hacerlo.

La meditación es algo que siempre puede perfeccionarse más. Es esencialmente una aventura individual, algo que cada uno de nosotros va logrando a su manera. Pero su objetivo siempre es el mismo: mejorar nuestro contacto consciente con Dios, con su gracia, sabiduría y amor. Uno de sus primeros frutos es el equilibrio emocional. Con ella podemos ampliar el conducto entre nosotros mismos y Dios como nosotros lo concebimos.

La oración es la elevación del corazón y la mente hacia Dios y en este sentido incluye la meditación. La oración, como se entiende comúnmente, es una petición a Dios. Y pensamos que todo el alcance de nuestras necesidades está bien definido por esa parte del Paso Once que dice: “...que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla”. Esta petición será siempre oportuna a cualquier hora de nuestro día.

En la mañana pensamos en las horas venideras. Nuestra tentación inmediata es pedir soluciones especificas para problemas específicos y la capacidad para ayudar a otras  personas en la forma que creemos mas adecuada para ellas. En este caso, estamos pidiendo a Dios que actúe según nuestro parecer. Por lo tanto, debiéramos considerar cuidadosamente cada petición para ver cual es su verdadero mérito. Aun así, cuando se hagan peticiones específicas, será bueno agregar a cada una de ellas este reserva: “...si es tu voluntad”. Pedimos sencillamente que hasta el final del día Dios ponga en nosotros la mejor comprensión de su voluntad y que nos conceda la gracia para cumplirla.

Si en momentos difíciles recordamos nuestra oración predilecta o una frase que nos haya interesado en nuestra lectura o meditación (Dios mío, yo confió en ti). El repetirla a menudo una y otra vez nos permitirá despejar un conducto obstruido por la ira, el miedo, la frustración o la desavenencia y nos permite volver a la ayuda más segura en momentos de tensión (nuestra búsqueda de la voluntad de Dios, no de la nuestra).

Por supuesto, es razonable y comprensible la pregunta que se hace a menudo: ¡Por qué no podemos llevar directamente a Dios un dilema perturbador y en la oración conseguir de Él las respuestas certeras y definitivas a nuestras peticiones?

Esto se puede hacer pero tiene sus riesgos.  Muy a menudo los pensamientos que parecen venir de Dios no son respuestas. Resultan ser racionalizaciones inconscientes aunque bien intencionadas. Con las mejores intenciones, intenta imponer su voluntad en toda clase de situaciones y problemas, con la confortable seguridad de que está actuando bajo la dirección específica de Dios. Bajo tal ilusión puede, por supuesto, crear grandes estragos sin la menor intención de hacerlo.

Igual sucede con lo que creemos es la voluntad de Dios para con otras personas. Nos decimos, “este debería ser curado de su fatal enfermedad” o “debiera ser aliviado de su dolor emocional” y oramos por esas cosas especificas. Tales oraciones, por supuesto son actos fundamentales buenos, pero a menudo están basados en la suposición de que conocemos la voluntad de Dios para la persona por la cual oramos. Lo que significa que paralelamente con una sincera oración, puede haber una cierta cantidad de presunción y vanidad en nosotros.  La experiencia nos indica que en tales casos, debiéramos orar para que se haga la voluntad de Dios, cualquiera que sea, para los demás así como para nosotros.

Y hemos visto los resultados de la oración, son incuestionables, lo sabemos, por experiencia. Todos aquellos que han persistido han encontrado una fortaleza que por lo regular no es la propia. Han encontrado una sabiduría más allá de su capacidad normal. Y han encontrado cada vez más una tranquilidad espiritual que puede mantenerse firme a pesar de las circunstancias difíciles.

Descubrimos que recibimos orientación para nuestras vidas en la medida que dejemos de hacer peticiones a Dios, para que nos la otorgue de acuerdo con nuestros términos.

Cualquier miembro con experiencia contará cómo sus asuntos han mejorado en una forma extraordinaria e inesperada, cuando trató de mejorar su contacto consciente con Dios.  También informará que de toda temporada de aflicción y sufrimiento, cuando la mano de Dios parecía pesada o aún injusta, se aprendieron nuevas lecciones para vivir, se descubrieron nuevos recursos de valor y que finalmente en forma ineludible, vino la convicción de que Dios “se mueve en una forma misteriosa para hacer sus maravillas”.

Tal vez una de las más grandes recompensas de la meditación y la oración es la sensación de pertenecer.  Ya no vivimos en un mundo completamente hostil. Ya no estamos perdidos, asustados y sin objetivo.

En el momento en que captamos siquiera una visión momentánea de la voluntad de Dios, en el momento en que empezamos a ver la verdad, la justicia y el amor como las cosas reales y eternas de la vida, ya no sentimos la profunda contrariedad que nos ocasiona la evidencia de lo contrario, que nos rodea en asuntos puramente humanos. Sabemos que Dios nos cuida amorosamente. Sabemos que cuando nos volvemos a Él, todo estará bien con nosotros, aquí y en el más allá.

El Paso Once implica que a través de la práctica de la oración y la meditación llegaremos a conocer la voluntad de Dios para nosotros. Aquí se presenta la pregunta: ¡Cómo, exactamente, vamos a sabes cuáles pensamientos son  la orientación de Dios y cuáles son nuestras racionalizaciones? Al principio una comunicación con Dios podría ser difícil de reconocerse, porque probablemente no vendrá en palabras. En vez de eso, podría venir en forma de un concepto o idea nueva, podría venir como un cambio de nuestros motivos o actitudes o podría ser simplemente un sentimiento que tenemos como si nuestra energía se hubiera renovado o nuestro mal humor se hubiera ido. Podemos reconocer una comunicación con Dios por el efecto que tiene en nosotros.

Si el tiempo que pasamos orando o meditando nos pueden hacer un poco más sanos o más amorosos, si nos Anima y nos fortalece aún un poquito, podemos estar seguros que Dios “ha hablado” y que nosotros “hemos oído”.

Nuestro padrino o un amigo de OA podría sugerir que oremos, pidiéndole a Dios que aumente el deseo para tomar la acción que deberíamos tomar o que disminuya el deseo si no es conveniente tomar esa acción. Después de haber orado, dejamos de preocuparnos y no tomamos la decisión inmediatamente, esperamos un día o más mientras que mantenemos nuestros ojos, oídos y mentes abierta. Al fin de este periodo de espera, inevitablemente encontraremos que hemos logrado una perspectiva más clara acerca de la decisión.

A pesar de nuestros esfuerzos más sinceros, a veces cometemos el error de actuar en lo que pensamos que es la voluntad de Dios para con nosotros. Con el tiempo estaremos agradecidos por la lección que hemos aprendido en esta situación. Es a través de tales experiencias que crecemos y en el futuro llegamos a tener más experiencia en reconocer la voluntad de Dios.

Dios es la única fuente de ayuda que estará siempre disponible para nosotros, siempre lo suficientemente fuerte para levantarnos y encaminarnos por el sendero de vida. La oración y la meditación son los vínculos con esa fuente que no falla.

Ahora sabemos que no tenemos nada que temer. Aun cuando no nos gustan las cosas que nos pasan, sabemos que tenemos una manera de enfrentarnos a cada situación de una manera firme y sana.  

 

 

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Última modificación: 27 de Enero de 2008