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SEGUNDO PASO AA

"Llegamos a creer que un Poder superior a nosotros
mismos podría devolvernos el sano juicio".
Al leer el Segundo Paso, la mayoría de los recién llegados a A.A. se ven
enfrentados a un dilema, a veces un grave dilema. Cuántas veces les hemos oído
gritar: "Miren lo que nos han hecho. Nos han convencido de que somos alcohólicos
y que nuestras vidas son ingobernables. Después de habernos reducido a un estado
de impotencia total, ahora nos dicen que sólo un Poder Superior puede librarnos
de nuestra obsesión. Algunos de nosotros no queremos creer en Dios, otros no
podemos creer, y hay otros que, aunque creen en Dios, no confían en que El haga
este milagro. Bien, ya nos tienen con el agua al cuello - pero, ¿cómo vamos a
salir del apuro?".
Consideremos primero el caso de aquel que dice que no quiere creer - el caso del
rebelde. Su estado de ánimo solo puede describirse como salvaje. Toda su
filosofía de la vida, de la que tanto se vanagloriaba, se ve amenazada. Cree que
ya hace bastante al admitir que le alcohol le ha vencido para siempre. Pero
ahora, todavía dolido por esa admisión, se le plantea algo realmente imposible.
¡Cuánto le encanta la idea de que el hombre, que surgió tan majestuosamente de
una sola partícula del barro primitivo, sea la vanguardia de la evolución, por
consiguiente el único dios que existe en su universo! ¿Ha de renunciar a todo
eso para salvarse?
Al llegar a este punto, su padrino se suele reír. Para el recién llegado, esto
es el colmo. Es el principio del fin. Y es cierto: es el principio del fin de su
antigua forma de vivir y el comienzo de una nueva vida. Su padrino probablemente
le dice: "Tómatelo con calma. El traje que te tienes que poner no te va a quedar
tan estrecho como tú te crees. Vamos, yo no lo he encontrado tan estrecho, ni
tampoco un amigo mío que había sido vicepresidente de la Sociedad Americana de
Ateísmo. El se lo puso y dice que no le aprieta en absoluto".
"De acuerdo" dice el recién llegado, "sé que lo que me dices es la verdad. Todos
sabemos que A.A. está lleno de personas que antes pensaban como yo. Pero, en
estas circunstancias, ¿cómo quieres que me lo 'tome con calma'? Eso es lo que yo
quisiera saber".
"Muy buena pregunta", le responde el padrino. "Creo que puedo decirte
exactamente cómo tranquilizarte. Y no vas a tener que esforzarte mucho. Escucha,
si tuvieras la bondad, las tres siguientes afirmaciones. Primero, Alcohólicos
Anónimos no te exige que creas en nada. Todos sus Doce Pasos no son sino
sugerencias. Segundo, para lograr y mantener la sobriedad, no te tienes que
tragar todo lo del Segundo Paso en este preciso momento. Al recordar mi propia
experiencia, veo que me lo fui tomando en pequeñas dosis. Tercero, lo único que
necesitas es una mente verdaderamente abierta. Deja de meterte en debates y de
preocuparte por cuestiones tan profundas como el tratar de averiguar si fue
primero el huevo o la gallina. Te repito una vez más, lo único que necesitas es
una mente abierta".
El padrino continúa: "Fíjate, por ejemplo, en mi propio caso. Estudié una
carrera científica. Naturalmente respetaba, veneraba e incluso adoraba la
ciencia. A decir verdad, todavía lo hago - excepto lo de adorarla. Repetidas
veces mis maestros me expusieron el principio básico de todo progreso
científico: investigar y volver a investigar, una y otra vez, y siempre con una
mente abierta. La primera vez que eché una mirada al programa de A.A., mi
reacción fue exactamente como la tuya. Este asunto de A.A., me dije, no es nada
científico. No puedo tragarlo. No me voy a parar a considerar tales tonterías.
"Luego me desperté. Tuve que admitir que A.A. producía resultados, prodigiosos
resultados. Me di cuenta de que mi actitud ante éstos había sido muy pronto
científica. No era A.A. quien tenía la mente cerrada, sino yo. En el instante en
que dejé de debatir, pude empezar a ver y sentir. En ese momento, el Segundo
Paso, sutil y gradualmente, empezó a infiltrarse en mi vida. No puedo fijar ni
la ocasión ni el día preciso en que llegué a creer en un Poder superior a mí
mismo, pero sin deuda ahora tengo esa creencia. Para llegar a tenerla, sólo
tenía que dejar de luchar y ponerme a practicar el resto del programa de A.A.
con el mayor entusiasmo posible.
"Claro está que ésta es la opinión de un solo hombre basada en su propia
experiencia. Me apresuro a asegurarte que en su búsqueda de la fe, los A.A.
andar por innumerables caminos. Si no te gusta el que te ha sugerido, seguro que
descubrirá uno que te convenga si mantienes abiertos los ojos y los oídos.
Muchos hombres como tú han empezado a solucionar el problema por el método de la
substitución. Si quieres, puedes hacer de A.A. tu "poder superior". Aquí tienes
un grupo grande de gente que ha resuelto su problema con el alcohol. En este
sentido, constituye sin duda un poder superior a ti, ya que tú ni siquiera te
has aproximado a encontrar una solución. Seguro que puedes tener fe en ellos.
Incluso este mínimo de fe será suficiente. Vas a encontrar a muchos miembros que
han cruzado el umbral exactamente así. Todo te dirán que, una vez que lo
cruzaron, su fe se amplió y se profundizó. Liberados de la obsesión del alcohol,
con sus vidas inexplicablemente transformadas, llegaron a creer en un Poder
Superior, y la mayoría de ellos empezaron a hablar de Dios".
Consideremos ahora la situación de aquellos que antes tenían fe, pero la han
perdido. Entre ellos, se encuentran los que han caído en la indiferencia; otros
que, llenos de autosuficiencia, se han apartado; otros que han llegado a tener
prejuicios en contra de la religión; y otros más que han adoptado una actitud
desafiante, porque Dios no les ha complacido en sus exigencias. ¿Puede la
experiencia de A.A. decirles a todos ellos que todavía les es posible encontrar
una fe que obra?.
A veces el programa de A.A. les resulta más difícil a aquellos que han perdido o
han rechazado la fe que a aquellos que nunca la han tenido, porque creen que ya
han probado la fe y no les ha servido de nada. Han probado el camino de la fe y
el camino de la incredulidad. Ya que ambos caminos les han dejado amargamente
decepcionados, han decidido que no tienen a dónde ir. Los obstáculos de la
indiferencia, de la imaginada autosuficiencia, de los prejuicios y de la
rebeldía les resultan más resistentes y formidables que cualquiera que haya
podido erigir un agnóstico o incluso un ateo militante. La religión dice que se
puede demostrar la existencia de Dios; el agnóstico dice que no se puede
demostrar; y el ateo mantiene que se puede demostrar que Dios no existe. Huelga
decir que el dilema del que se desvía de la fe es el de una profunda confusión.
Cree que ha perdido la posibilidad de tener el consuelo que ofrece cualquier
convicción. No puede alcanzar ni el más mínimo grado de esa seguridad que tiene
el creyente, el agnóstico o el ateo. Es el vivo retrato de la confusión.
Muchos A.A. pueden decirle a esta persona indecisa, "Sí, nosotros también nos
vimos desviados de la fe de nuestra infancia. Nos vimos abrumados por un exceso
de confianza juvenil. Por supuesto, estábamos contentos de haber tenido un buen
hogar y una formación religiosa que nos infundió ciertos valores. Todavía
estábamos convencidos de que debíamos ser bastante honrados, tolerantes y
justos; que debíamos tener aspiraciones y trabajar con diligencia. Llegamos a la
convicción de que estas simples normas de honradez y decoro nos bastarían.
"Conforme el éxito material, basado únicamente en estos atributos comunes y
corrientes, empezó a llegarnos, nos parecía que estábamos ganando el juego de la
vida. Esto nos produjo un gran regocijo y nos hizo sentirnos felices. ¿Por qué
molestarnos con abstracciones teológicas y obligaciones religiosas o con el
estado de nuestra alma, tanto aquí como en el más allá? La vida real y actual
nos ofrecía suficientes satisfacciones. La voluntad de triunfar nos salvaría.
Pero entonces el alcohol empezó a apoderarse de nosotros. Finalmente, al mirar
al marcador y no ver ningún tanto a nuestro favor y darnos cuenta de que con un
fallo más no quedaríamos para siempre fuera de juego, tuvimos que buscar nuestra
fe perdida. La volvimos a encontrar en A.A. Y tú también puedes hacer lo mismo".
Ahora nos enfrentamos con otro tipo de problema: el hombre o la mujer
intelectualmente autosuficiente. A estas personas, muchos A.A. les pueden decir:
"Sí, éramos como tú - nos pasábamos de listos. Nos encantaba que la gente nos
considerara precoces. Nos valíamos de nuestra educación para inflarnos de
orgullo como globos, aunque hacíamos lo posible para ocultar esta actitud ante
los demás. En nuestro fuero interno, creíamos que podíamos flotar por encima del
resto de la humanidad debido únicamente a nuestra capacidad cerebral. El
progreso científico nos indicaba que no había nada que el hombre no pudiera
hacer. El saber era todopoderoso. El intelecto podía conquistar la naturaleza.
Ya que éramos más inteligentes que la mayoría de la gente (o así lo creíamos),
con solo ponernos a pensar tendríamos el botín del vencedor. El dios del
intelecto desplazó al Dios de nuestros antepasados. Pero nuevamente Don Alcohol
tenía otros planes. Nosotros, que tanto habíamos ganado casi sin esfuerzo, lo
perdimos todo. Nos dimos cuenta de que, si no volviéramos a considerarlo,
moriríamos. Encontramos muchos en A.A. que habían pensado como nosotros. Nos
ayudaron a desinflarnos hasta llegar a nuestro justo tamaño. Con su ejemplo, nos
demostraron que la humildad y el intelecto podían ser compatibles, con tal de
que siempre antepusiéramos la humildad al intelecto. Cuando empezamos a hacerlo,
recibimos el don de la fe, una fe que obra. Esta fe también la puedes recibir
tú".
Otro sector de A. A. dice: "Estábamos hartos de la religión y de todo lo que
conlleva la religión. La Biblia nos parecía una sarta de tonterías; podíamos
citarla, versículo por versículo, y en la maraña de genealogía perdimos de vista
las bienaventuranzas. A veces, según lo veíamos nosotros, la conducta moral que
proponía era inalcanzablemente buena; a veces indudablemente nefasta. Pero lo
que más nos molestaba era la conducta moral de los religiosos. Nos entreteníamos
señalando la hipocresía, la fanática intolerancia y el aplastante fariseísmo que
caracterizaban a tantos de los creyentes, incluso en sus trajes de domingo.
Cuánto nos encantaba recalcar el hecho de que millones de los 'buenos hombres de
la religión' seguían matándose, los unos a los otros, en nombre de Dios. Todo
esto, por supuesto, significaba que habíamos sustituido los pensamientos
positivos por los negativos. Después de unirnos a A.A., tuvimos que darnos
cuenta de que esa actitud nos había servido para inflar nuestros egos. Al
destacar los pecados de algunas personas religiosas, podíamos sentirnos
superiores a todos los creyentes. Además, podíamos evitarnos la molestia de
reconocer algunos de nuestros propios defectos. El fariseísmo, que tan
desdeñosamente habíamos condenado en los demás, era precisamente el mal que a
nosotros nos aquejaba. Esta respetabilidad hipócrita era nuestra ruina en cuanto
a la fe. Pero finalmente, al llegar derrotados a A.A., cambiamos de parecer.
"Como los siquiatras han comentado a menudo, la rebeldía es la característica
más destacada de muchos alcohólicos. Así que no es de extrañar que muchos de
nosotros hayamos pretendido desafiar al mismo Dios. A veces lo hemos hecho
porque Dios no nos ha entregado las buenas cosas de la vida que le habíamos
exigido, como niños codiciosos que escriben cartas a los Reyes Magos pidiendo lo
imposible. Más a menudo, habíamos pasado por una gran calamidad y, según nuestra
forma de pensar, salimos perdiendo porque Dios nos había abandonado. La muchacha
con quien queríamos casarnos tenía otras ideas; rezamos a Dios para que le
hiciera cambiar de parecer, pero no lo hizo. Rezamos por tener hijos sanos y nos
encontramos con hijos enfermizos, o sin hijos. Rezamos por conseguir ascensos en
el trabajo y nos quedamos sin conseguirlos. Los seres queridos, de quienes tanto
dependíamos, nos fueron arrebatados por los llamados actos de Dios. Luego, nos
convertimos en borrachos, y le pedimos a Dios que nos salvara. Pero no paso
nada. Esto ya era el colmo. '¡Al diablo con esto de la fe!' dijimos.
"Cuando encontramos A.A., se nos reveló lo erróneo de nuestra rebeldía. Nunca
habíamos querido saber cuál era la voluntad de dios para con nosotros; por el
contrario, le habíamos dicho a Dios cuál debería ser. Nos dimos cuenta de que
nadie podía creer en Dios y, al mismo tiempo, dasafiarlo. Creer significaba
confiar, no desafiar. En A.A. vimos los frutos de esta creencia: hombres y
mujeres salvados de la catástrofe final del alcoholismo. Les vimos reunirse y
superar sus otras penas y tribulaciones. Les vimos aceptar con calma situaciones
imposibles, sin tratar de huir de ellas ni de reprochárselo a nadie. Esto no
solo era fe, sino una fe que obraba bajo todas las circunstancias. Para
conseguir esta fe, no tardamos en encontrarnos dispuestos a pagar, con toda la
humildad que esto nos pudiera costar".
Consideremos ahora el caso del individuo rebosante de fe, pero que todavía
apesta a alcohol. Se cree muy devoto. Cumple escrupulosamente con sus
obligaciones religiosas. Está convencido de que cree todavía en Dios, pero duda
que Dios crea en él. Hace un sinfín de juramentos solemnes. Después de cada uno,
no solo vuelve a beber, sino que se comporta peor que la última vez.
Valientemente se pone a luchar contra el alcohol, suplicando la ayuda de Dios,
pero la ayuda no le llega. ¿Qué será lo que le pasa a esta persona?
Para los clérigos, los médicos, para sus amigos y familiares, el alcohólico que
tiene tan buenas intenciones y que tan resueltamente se esfuerza por dejar de
beber, es un enigma descorazonador. A la mayoría de los A.A., no les parece así.
Multitud de nosotros hemos sido como él, y hemos encontrado la solución al
enigma. No tiene que ver con la cantidad de fe, sino con la calidad. Esto era lo
que no podíamos ver. Nos creíamos humildes, pero no lo éramos. Nos creíamos muy
devotos en cuanto a las prácticas religiosas, pero al volver a considerarlo con
toda sinceridad, nos dimos cuenta de que solo practicábamos lo superficial.
Otros de nosotros habíamos ido al otro extremo, sumiéndonos en el
sentimentalismo y confundiéndolo con los auténticos sentimientos religiosos. En
ambos casos, habíamos pedido que se nos diera algo a cambio de nada. En
realidad, no habíamos puesto nuestra casa en orden, para que la gracia de Dios
pudiera entrar en nosotros y expulsar la obsesión de beber. Nunca, en ningún
sentido profundo y significativo, habíamos examinado nuestra conciencia, ni
habíamos reparado el daño a quienes se lo habíamos causado, ni habíamos dado
nada a otro ser humano sin exigir algo o esperar alguna recompensa. Ni siquiera
habíamos rezado como se debe rezar. Siempre habíamos dicho, "Concédeme mis
deseos", en vez de "Hágase tu voluntad". Del amor a Dios y del amor al prójimo,
no teníamos la menor comprensión. Por lo tanto, seguíamos engañándonos a
nosotros mismos y, en consecuencia, no estábamos en la posibilidad de recibir la
gracia suficiente para devolvernos el sano juicio.
Son muy contados los alcohólicos activos que tan siquiera tienen una vaga idea
de lo irracionales que son o que, si llegan a darse cuenta de su insensatez,
pueden soportarla. Algunos están dispuestos a decir que son "bebedores
problemas", pero no pueden aceptar la sugerencia de que son, de hecho, enfermos
mentales. Un mundo que no distingue entre el bebedor normal y el alcohólico
contribuye a que sigan en su ceguera. El "sano juicio" se define como "salud
mental". Ningún alcohólico que analice fríamente su comportamiento destructivo,
ya sea que haya destruido los muebles de su casa o su propia integridad moral,
puede atribuirse a sí mismo la "salud mental".
Por lo tanto, el Segundo Paso es el punto de convergencia para todos nosotros.
Tanto si somos ateos, agnósticos, o antiguos creyentes, podemos estar unidos en
este Paso. La verdadera humildad y amplitud de mente pueden llevarnos a la fe, y
cada reunión de A.A. es un seguro testimonio de que Dios nos devolverá el sano
juicio, si nos relacionamos de la forma debida con El.
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