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SÉPTIMO PAS0 AA

"Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros
defectos".
Ya que este Paso se centra tanto en la humildad, debemos hacer una pausa para
considerar lo que es la humildad y lo que su práctica puede significar para
nosotros.
En verdad, el trata de adquirir cada vez más humildad es el principio
fundamental de cada uno de los Doce Pasos de A.A. Porque sin tener un cierto
grado de humildad, ningún alcohólico se puede mantener sobrio. Además, casi
todos los A.A. han descubierto que, a menos que cultiven esta preciada cualidad
en un grado mucho mayor de lo que se requiere solo para mantener la sobriedad,
tendrán escasas posibilidades de conocer la verdadera felicidad. Sin ella, no
pueden llevar una vida de mucha utilidad, ni, en la adversidad, pueden contar
con la fe suficiente para responder a cualquier emergencia.
La humildad, como palabra y como ideal, no lo ha pasado muy bien en nuestro
mundo. No solamente se entiende mal la idea, sino que también la palabra suscita
a menudo una gran aversión. Muchas personas ni siquiera tienen la menor
comprensión de la humildad como manera de vivir. Mucho de lo que oímos decir a
la gente en nuestra vida diaria, y una buena parte de lo que leemos, destaca el
orgullo que siente el ser humano por sus propios logros.
Con gran inteligencia, los científicos han venido forzando a la naturaleza a que
revele sus secretos. Los inmensos recursos de los que ahora disponemos nos
prometen una cantidad de bendiciones materiales tan grande que muchos han
llegado a creer que nos encontramos en el umbral de una edad de oro, forjada por
la mano del hombre. La pobreza desaparecerá, y habrá tal abundancia que todos
disfrutaremos de toda la seguridad y todas las satisfacciones personales que
deseemos. La teoría parece sostener que, una vez que queden satisfechos los
instintos primordiales de todos los seres humanos, habrá muy poco motivo para
pelearnos. El mundo entonces se volverá feliz y se verá libre para concentrarse
en la cultura y el carácter. Solo con su propia inteligencia y esfuerzos, la
humanidad habrá forjado su destino.
Sin duda, ningún alcohólico y, desde luego ningún miembro de A.A. quiere
menospreciar los logros materiales. Ni discutimos con los muchos que todavía se
aferran tan apasionadamente a la creencia de que la satisfacción de nuestros
deseos naturales básicos es el objeto primordial de la vida. Pero estamos
seguros de que ninguna clase de gente de este mundo ha fracasado tan
rotundamente al tratar de vivir conforme a esta fórmula como los alcohólicos.
Hace miles de años que venimos exigiendo más de lo que nos corresponde de
seguridad, de prestigio y de amor. Cuando parecía que teníamos éxito, bebíamos
para tener sueños aun más grandiosos. Cuando nos sentíamos frustrados, aunque
solo fuera en parte, bebíamos para olvidar. Nunca había suficiente de lo que
creíamos que queríamos.
En todos estos empeños, muchos de ellos bien intencionados, nuestro mayor
impedimento había sido la falta de humildad. Nos faltaba la perspectiva
suficiente para ver que la formación del carácter y los valores espirituales
tenían que anteponer a todo, y que las satisfacciones materiales no constituían
el objetivo de la vida. De una manera muy característica, nos habíamos pasado de
la raya confundiendo el fin con los medios. En vez de considerar la satisfacción
de nuestros deseos materiales como el medio por el que podríamos vivir y
funcionar como seres humanos, la habíamos considerado como la meta y el objetivo
final de la vida.
Es cierto que la mayoría de nosotros creíamos deseable tener un buen carácter,
pero el buen carácter evidentemente era algo que se necesitaba para seguir en el
empeño de satisfacer nuestros deseos. Con una apropiada muestra de honradez y
moralidad, tendríamos una mayor probabilidad de conseguir lo que realmente
queríamos. Pero siempre que teníamos que escoger entre el carácter y la
comodidad, la formación del carácter se perdió en el polvo que levantábamos al
perseguir lo que creíamos era la felicidad. Muy rara vez considerábamos la
formación del carácter como algo deseable en sí mismo, algo por lo que nos
gustaría esforzarnos, sin importar que se satisficieran o no nuestras
necesidades instintivas. Nunca se nos ocurrió basar nuestras vidas cotidianas en
la honradez, la tolerancia y el verdadero amor a Dios y a nuestros semejantes.
Esta falta de arraigo a cualquier valor permanente, esta incapacidad de ver el
verdadero objetivo de nuestra vida, producía en nosotros otro mal efecto.
Mientras siguiéramos convencidos de poder vivir contando exclusivamente con
nuestras propias fuerzas y nuestra propia inteligencia, nos era imposible tener
una fe operante en un Poder Superior. Y esto era cierto aun cuando creíamos que
Dios existía. Podíamos tener sinceras creencias religiosas que resultaban
infructuosas porque nosotros mismos seguíamos tratando de hacer el papel de
Dios. Mientras insistiéramos en poner en primer lugar nuestra propia
independencia, la verdadera dependencia de un Poder Superior era totalmente
impensable. Nos faltaba el ingrediente básico de toda humildad, el deseo de
conocer y hacer la voluntad de Dios.
Para nosotros, el proceso de alcanzar una nueva perspectiva fue increíblemente
doloroso. Sólo tras repetidas humillaciones nos vimos forzados a aprender algo
respecto a la humildad. Sólo al llegar al fin de un largo camino, marcado por
sucesivas desgracias y humillaciones, y por la arrolladora derrota final de
nuestra confianza en nosotros mismos, empezamos a sentir la humildad como algo
más que una condición de abyecta desesperación. A cada recién llegado a
Alcohólicos Anónimos se le dice, y muy pronto llega a darse cuenta por sí mismo,
que esta humilde admisión de impotencia ante el alcohol es su primer paso hacia
la liberación de su dominio paralizador.
Es así como, por primera vez, vemos la necesidad de tener humildad. Pero esto no
es sino un mero comienzo. La mayoría de nosotros tardamos mucho tiempo en
librarnos completamente de nuestra aversión a la idea de ser humildes, en lugar
tener una visión de la humildad como una conducta hacia la verdadera libertad
del espíritu humano, en estar dispuestos a trabajar para conseguir la humildad
como una cosa deseable en sí misma. No se puede dar una vuelta de 180 grados en
un abrir y cerrar de ojos a toda una vida encaminada a satisfacer nuestros
deseos egocéntricos. Al principio, la rebeldía pone trabas a cada paso que
intentamos dar.
Cuando por fin admitimos sin reserva que somos impotentes ante el alcohol, es
muy posible que demos un suspiro de alivio, diciendo, "Gracias a Dios, eso se
acabó. Nunca tendré que volver a pasar por eso". Luego, y a menudo para nuestra
gran consternación, llegamos a darnos cuenta de que solo hemos atravesado la
primera etapa del nuevo camino que andamos. Todavía espoleados por la pura
necesidad, con desgana nos enfrentamos con aquellos graves defectos de carácter
que originalmente nos convirtieron en bebedores problema, defectos que tenemos
que intentar remediar para no volver a caer de nuevo en el alcoholismo. Queremos
deshacernos de algunos de estos defectos, pero en algunos casos nos parece una
tarea tan imposible que nos acobardamos ante ella. Y nos aferramos con una
persistencia apasionada a otros defectos que perturban de igual manera nuestro
equilibrio, porque todavía nos complacen mucho. ¿Cómo podemos armarnos de
suficiente resolución y buena voluntad como para deshacernos de obsesiones y
deseos tan abrumadores?
Pero de nuevo nos vemos impulsados a segur, debido a la conclusión inevitable
que sacamos de la experiencia de A.A., de que la única alternativa a intentar
perseverar con determinación en el programa es la de caer al borde del camino.
En esta etapa de nuestro progreso nos vemos fuertemente presionados para hacer
lo debido, obligados a elegir entre los sufrimientos de intentarlo y los seguros
castigos de no hacerlo. Estos primero pasos en el camino los damos a
regañadientes, pero los damos. Es posible que todavía no tengamos la humildad en
muy alta estima, como una deseable virtud personal, pero, no obstante, nos damos
cuenta de que es una ayuda necesaria para sobrevivir.
Pero al haber mirado algunos de estos defectos honradamente y sin pestañear,
después de haberlos discutido con otra persona y al haber llegado a estar
dispuestos a que nos sean eliminados, nuestras ideas referentes a la humildad
empiezan a cobrar un sentido más amplio. En este punto es muy probable que
hayamos obtenido una liberación, al menos parcial, de nuestros defectos más
devastadores. Disfrutamos de momentos en los que sentimos algo parecido a una
auténtica tranquilidad de espíritu. Para aquellos de nosotros que hemos conocido
únicamente la agitación, la depresión y la ansiedad - en otras palabras, para
todos nosotros - esta recién encontrada tranquilidad es un don de inestimable
valor. Algo verdaderamente nuevo se ha hecho parte integrante de nuestras vidas.
Si antes la humildad había significado para nosotros la abyecta humillación,
ahora empieza a significar el ingrediente nutritivo que nos puede deparar la
serenidad.
Esta percepción perfeccionada de la humildad desencadena otro cambio
revolucionario en nuestra perspectiva. Se nos empiezan a abrir los ojos a los
inmensos valores que provienen directamente del doloroso desinflamiento del ego.
Hasta este punto, nos hemos dedicado mayormente a huir del dolor y de los
problemas. Huíamos de ellos como quien huye de la peste. Jamás queríamos
enfrentarnos a la realidad del sufrimiento. Nuestra solución siempre era la de
valernos de la botella para escapar. La formación de carácter por medio del
sufrimiento, puede que les sirviera a los santos, pero para nosotros no tenía
ningún aliciente.
Entonces, en A.A., miramos alrededor nuestro y escuchamos. Y por todas partes
veíamos los fracasos y los sufrimientos transformados por la humildad en bienes
inapreciables. Oíamos contar historia tras historia de cómo la humildad había
sacado fuerzas de la debilidad. En todo caso, el sufrimiento había sido el
precio de entrada en una nueva vida. Pero este precio de entrada nos había
comprado más de lo que esperábamos. Traía consigo cierto grado de humildad, la
cual, pronto descubrimos, aliviaba el sufrimiento. Empezamos a temerle menos al
sufrimiento y a desear la humildad más que nunca.
Durante este proceso de aprender más acerca de la humildad, el resultado más
profundo era el cambio de nuestra actitud para con Dios. Y esto era cierto, ya
fuéramos creyendo o no. Empezamos a abandonar la idea de que el Poder Superior
fuera una especie de sustituto mediocre a quien recurrir únicamente en
emergencias. La idea de que seguiríamos llevando nuestras propias vidas, con una
ayudita de Dios de vez en cuando, empezaba a desaparecer. Muchos de los que nos
habíamos considerado religiosos, nos dimos repentina cuenta de lo limitada que
era esta actitud. Al negarnos a colocar a Dios en primer lugar, nos habíamos
privado de Su ayuda. Pero ahora las palabras "Por mí mismo nada soy, el Padre
hace las obras" empezaban a cobrar un significado muy prometedor.
Vimos que no siempre era necesario que fuéramos humillados y doblegados para
alcanzar la humildad. El sufrimiento incesante no era la única forma de
alcanzarla, nos podía llegar igualmente por estar bien dispuestos a buscarla.
Ocurrió un viraje decisivo en nuestras vidas cuando nos pusimos a conseguir la
humildad como algo que realmente queríamos, y no como algo que debíamos tener.
Marcó el momento en que pudimos empezar a ver todas las implicaciones del
Séptimo Paso: "Humildemente Le pedimos que nos liberase de nuestros defectos".
Al prepararnos para dar el Séptimo Paso, puede que valga la pena volver a
preguntarnos cuáles son nuestros objetivos más profundos. A cada uno de nosotros
le gustaría vivir en paz consigo mismo y con sus semejantes. Nos gustaría que se
nos diera la seguridad de que la gracia de Dios puede hacer por nosotros aquello
que no podemos hacer por nosotros mismos. Hemos observado que los defectos de
carácter que se originan en deseos indignos y miopes son los obstáculos que
bloquean nuestro camino hacia estos objetivos. Ahora vemos con claridad que
hemos impuesto exigencias poco razonables en nosotros mismos, en otras personas,
y en Dios.
El principal activador de nuestros defectos ha sido el miedo egocéntrico - sobre
todo el miedo de que perderíamos algo que ya poseíamos o que no conseguiríamos
algo que exigíamos. Por vivir a base de exigencias insatisfechas, nos
encontrábamos en un estado de constante perturbación y frustración. Por lo
tanto, no nos sería posible alcanzar la paz hasta que no encontráramos la manera
de reducir estas exigencias. La diferencia entre una exigencia y una sencilla
petición está clara para cualquiera.
En el Séptimo Paso efectuamos el cambio de actitud que nos permite, guiados por
la humildad, salir de nosotros mismos hacia los demás y hacia Dios. El Séptimo
Paso pone todo su énfasis en la humildad. En realidad, nos dice que ahora
debemos estar dispuestos a intentar conseguir, por medio de la humildad, la
eliminación de nuestros defectos, al igual que hicimos cuando admitimos que
éramos impotentes ante el alcohol y llegamos a creer que un Poder superior a
nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio. Si ese grado de humildad
podía hacernos posible encontrar la gracia suficiente para desterrar tan mortal
obsesión, entonces cabe esperar los mismos resultados respecto a cualquier
problema que podamos tener.
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