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Quinta Tradición AA

"Cada grupo tiene un solo objetivo primordial – llevar
el mensaje al alcohólico que aún está sufriendo".
"¡Zapatero a tus zapatos!"… más vale que hagas una cosa perfectamente bien que
muchas mal hechas. Este es el tema central de esta tradición, el punto alrededor
del cual toda nuestra Sociedad se congrega en unidad. La vida misma de nuestra
Comunidad depende de la conservación de este principio.
Alcohólicos Anónimos se puede comparar a un grupo de médicos que tienen la
posibilidad de encontrar una cura para el cáncer y de cuyos esfuerzos
concentrados dependería el remedio para los que sufren de esta enfermedad. Claro
está que cada uno de los médicos de este grupo puede ser especialista además en
otra rama de la medicina. De vez en cuando cada uno de los médicos en cuestión
preferiría poder dedicarse a su propia especialidad en lugar de trabajar
exclusivamente con el grupo. Pero una vez que hayan atinado con una curación,
una vez que se ponga claramente de manifiesto que ésta solo puede convertirse en
realidad si ellos acuerdan aunar sus esfuerzos, entonces todos ellos se
sentirían obligados a dedicarse exclusivamente al alivio de las víctimas del
cáncer. En el resplandor de tal descubrimiento milagroso, cualquier médico
pondría a un lado sus otras ambiciones, sea cual fuere el sacrificio personal
que pueda suponer.
Los miembros de Alcohólicos Anónimos, que han demostrado que pueden ayudar a los
bebedores problema como otros raramente pueden hacerlo, se ven en la misma
obligación de trabajar juntos. La capacidad única de cada miembro de A.A. para
identificarse con el principiante y conducirle hacia la recuperación no depende
en absoluto de su cultura, su elocuencia ni de cualquier otra pericia
particular. Lo único que cuenta es que él es un alcohólico que ha encontrado la
clave de la sobriedad. Estos legados de sufrimiento y de recuperación se pasan
fácilmente entre los alcohólicos, de uno a otro. Esto es nuestro don de Dios, y
regalarlo a otros como nosotros es el único objetivo que hoy en día anima a los
A.A. en todas partes del mundo.
Hay otro motivo para esta unicidad de propósito. La gran paradoja de A.A. es que
sabemos que raras veces podemos conservar el preciosos don de la sobriedad a
menos que lo pasemos a otros. A un grupo de médicos que haya encontrado una cura
para el cáncer, puede que les remordiera la conciencia si fracasaran en su
misión por interés egoístas. No obstante, tal fracaso no pondría en peligro su
propia supervivencia. En nuestro caso, si descuidamos a los que todavía sufren,
nuestras vidas y nuestro sano juicio se ven grave e incesantemente amenazados.
Dado que nos encontramos sujetos a estos impulsos del instinto de conservación,
de la responsabilidad y del amor, no es de extrañar que nuestra Sociedad haya
llegado a la conclusión de que tiene una sola y alta misión - la de llevar el
mensaje de A.A. a aquellos que no saben que hay una salida.
Para hacer resaltar la sabiduría de la unicidad de propósitos de A.A., un
miembro cuenta la siguiente historia:
"Sintiéndome inquieto un día, me pareció que sería conveniente hacer algún
trabajo de Paso Doce para tener así una especie de seguro contra una recaída.
Pero primero tendría que encontrar un borracho con quien trabajar.
"Tomé el subterráneo hasta el Hospital Towns y allí pregunté al Dr. Silkworth si
tenía un posible candidato para mí. 'Nada muy prometedor', me dijo el pequeño
doctor: 'Solo hay un tipo en el tercer piso que tal vez sea una posibilidad.
Pero es un irlandés muy rudo. Nunca he visto a nadie tan terco. Insiste a gritos
que si su socio le tratara mejor y si su mujer le dejara en paz, muy pronto
resolvería su problema con el alcohol. Ha sufrido un grave ataque de delirium
tremens, tiene la mente bastante nublada, y desconfía de todo el mundo. No es un
caso muy alentador. Pero puede que trabajar con él te sirve a ti de algo, así
que ¿por qué no lo intentas?.
"Enseguida me encontré sentado al lado de un hombre muy corpulento. Sin la menor
amabilidad, me mira fijamente con ojos que parecían ranuras en su cara roja e
hinchada. No tuve más remedio que coincidir con la opinión del médico - desde
luego, no parecía un caso muy alentador. No obstante, le conté mi historia. Le
expliqué lo maravillosa que era la Comunidad que teníamos, lo bien que nos
entendíamos unos a otros. Le recalqué con insistencia la desesperación del
dilema del borracho. Insistí en que muy pocos borrachos podían recuperarse por
sus propias fuerzas, pero que en nuestros grupos podíamos hacer juntos lo que no
podíamos hacer por separado. Me interrumpió para burlarse de esto y me dijo que
él solo podía arreglárselas con su mujer, con su socio y con su alcoholismo. Me
preguntó en tono sarcástico, '¿Cuánto cuesta todo este enredo?'.
"Me agradó mucho poder decirle, 'Ni un centavo'.
"Entonces me preguntó, 'Tú, ¿qué sacas de esto?'.
"Naturalmente mi respuesta fue, 'Mi propia sobriedad, y una vida bien feliz'.
"Todavía dudoso, insistió, '¿de verdad quieres decir que tu único motivo para
estar aquí es tratar de ayudarme a mí y ayudarte a ti mismo?'.
"'Sí,' le dije. 'Eso es todo lo que hay. No hay gato encerrado'.
"Entonces, con alguna vacilación, me aventuré a hablar del aspecto espiritual
del programa. ¡La que me armó! Apenas me había salido de la boca la palabra
'espiritual', se me echó encima: '¡Ahora caigo! Estás haciendo proselitismo para
una de esas malditas sectas religiosas. ¿Cómo puedes decirme que no hay gato
encerrado? Soy miembro de una gran religión que lo es todo para mí. ¿Cómo te
atreves a venir aquí a hablarme de religión?'.
"Gracias a Dios se me ocurrió la respuesta apropiada. Estaba basada firmemente
en el único objetivo de A.A. 'Tienes fe', le dije. 'Tal vez una fe más profunda
que la mía. Sin duda tienes mejor formación en asuntos religiosos que yo. Así
que no puedo decirte nada acerca de la religión. Ni siquiera quiero intentarlo.
Además, estoy seguro de que podrías definirme la palabra humildad a la
perfección. Pero por lo que me has dicho acerca de ti y de tus problemas y cómo
te propones solucionarlos, creo que sé lo que anda mal'.
'Muy bien', me dijo, 'dime lo que hay".
"'Bueno', le dijo, 'creo que no eres más que un irlandés engreído que se cree
capaz de dirigirlo todo'.
"Esto sí que le sentó como un tiro. Pero a medida que se iba calmando, se puso a
escuchar mientras yo estaba de explicarle que la humildad era la clave principal
de la sobriedad. Por fin se dio cuenta de que yo no estaba tratando de cambiar
sus opiniones religiosas, que yo quería que encontrara en su propia religión la
gracia que le ayudara a recuperarse. De allí en adelante, nos empezamos a llevar
muy bien.
"'Imagínate', dice el veterano, 'lo que habría pasado si yo hubiera estado
obligado a hablarle de asunto religiosos. O si hubiera tenido que decirle que a
A.A. le hacía falta mucho dinero; que A.A. estaba metido en la educación, en los
hospitales y en la rehabilitación. O si yo me hubiera ofrecido para echarle una
mano para resolver sus asuntos domésticos y de negocios. ¿A dónde habríamos
llegado? A ningún sitio, naturalmente".
Años más tarde, a este rudo irlandés le gustaba decir, "Mi padrino me vendió una
sola idea, la sobriedad. En aquel momento, no podría haber comprado ninguna otra
cosas".
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