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Cuarta Tradición AA

"Cada grupo debe ser autónomo, excepto en asuntos que
afecten a otros grupos o a Alcohólicos Anónimos considerado como un todo".
Autonomía es una palabra bien altisonante. Pero en lo que se refiere a nosotros,
solo quiere decir que cada grupo de A.A. puede llevar sus asuntos como mejor le
convenga, excepto en los casos en que A.A. como un todo se vea amenazada. Ahora
se nos presenta la misma pregunta que surgió en la Primera Tradición. ¿No es
algo temerario y peligroso que los grupos tengan tanta libertad?
A lo largo de los años, se han probado todas las desviaciones imaginables de
nuestros Doce Pasos y nuestras Doce Tradiciones. Era inevitable, dado que en
general nosotros somos una banda de individualistas impulsados por ambiciones
egoístas. Hijos del caos, de manera desafiadora hemos jugado con fuego repetidas
veces, pero hemos salido ilesos y, según nos parece a nosotros, más sabios que
antes. Esas mismas desviaciones constituyeron un vasto proceso de pruebas y
tanteos, el cual, por la gracia de Dios, nos ha traído a donde nos encontramos
hoy.
Cuando las Tradiciones de A.A. se publicaron por primera vez en 1945, habíamos
llegado a estar convencidos de que un grupo de A.A. podía capear cualquier
temporal.. Nos dimos cuenta de que el grupo, al igual que el individuo, tendría
finalmente que adherirse a los principios y aprobados que garanticen su
supervivencia. Habíamos descubierto que en este proceso de pruebas y tanteos
había perfecta seguridad. Tanta confianza teníamos n este principio que en el
enunciado original de esta tradición de A.A. aparecía la siguiente frase
significativa: "Cuandoquiera que dos o tres alcohólicos se reúnan en interés de
la sobriedad, podrán llamarse un grupo de A.A., con tal de que como grupo no
tengan otra afiliación".
Claramente, esto significaba que se nos había otorgado el valor de reconocer a
cada grupo de A.A. como una entidad individual, exclusivamente dependiente de su
propia conciencia para guiar sus acciones. Al trazar nuestro rumbo por esa vasta
extensión de libertad, solo fue necesario indicar dos escollos a salvar: Un
grupo de A.A. no debe hacer nada que pudiera causar grandes perjuicios a A.A.
como un todo, ni debe afiliarse con nada ni con nadie. Correríamos un verdadero
peligro si empezáramos a llamar a algunos grupos "mojados", y a otros "secos", a
unos "Republicanos" o "Comunistas" y a otros "Católicos" o "Protestantes". Si el
grupo de A.A. no mantuviera su rumbo, se perdería irremisiblemente. Su único
objetivo tenía que ser la sobriedad. En todos los demás aspectos, tenía una
completa libertad para decidir y actuar: Cada grupo tenía el derecho a
equivocarse.
Cuando A.A. se hallaba aún en su infancia, comenzaron a formarse muchos grupos
muy entusiastas. En cierto pueblo, surgió un grupo especialmente enérgico. La
gente del pueblo también estaba entusiasmada por el asunto. Los ancianos,
dejándose llevar por su fantasía, soñaban con ambiciosas innovaciones. Les
parecía que al pueblo le hacía falta un gran centro de alcoholismo, una especie
de proyecto piloto que sirviera de modelo a los A.A. de todas partes. En la
planta baja tendrían un club, en el primer piso se desintoxicaría a los
borrachos y se les daría dinero para pagar sus deudas atrasadas; el tercer piso
estaría dedicado a un centro educativo - ajeno a toda clase de controversias,
por supuesto. En sus fantasías, el resplandeciente edificio tendría varias
plantas más, pero para empezar, tres serían suficientes. Todo esto supondría
gasta mucho dinero - dinero de otras personas. Por mucho que cueste creerlo, a
la gente rica del pueblo les pareció una idea fabulosa.
No obstante, entre los alcohólicos había unos cuantos disidentes conservadores.
Estos disidentes escribieron a la Fundación * (* En 1954, se cambió el nombre de
la Fundación Alcohólica al de la General Service Board of Alcoholics Anonymous,
y la oficina de la Fundación es ahora la Oficina de Servicios Generales), la
sede de A.A. en Nueva York, para saber si les parecía aconsejable este tipo de
innovaciones. Se habían enterado de que los ancianos, para remachar las cosas,
estaban a punto de solicitar a la Fundación que les concedieran una carta
constitutiva. Estos pocos disidentes se sentían desconcertados y escépticos.
Naturalmente, no faltó un promotor en este asunto - un superpromotor. Con su
elocuencia, apaciguó todos los temores, a pesar del consejo de la Fundación de
que no podría conceder tal carta constitucional, y de que todas las empresas que
en el pasado habían mezclado un grupo de A.A. con la medicina y la educación
habían acabado mal en otros lugares. Para reducir los riesgos, el promotor
organizó tres corporaciones y se hizo presidente de todas ellas. Recién pintado,
el nuevo centro resplandecía. Su caluroso ambiente se difundió rápidamente por
todo el pueblo. Muy pronto todo empezó a funcionar a las mil maravillas. Para
asegurar un funcionamiento continuo e infalible, se adoptaron 61 reglar y
reglamentos.
No obstante, esta brillante perspectiva no tardó en ensombrecerse. La confusión
reemplazó a la serenidad. Se descubrió que algunos borrachos ansiaban educarse,
pero dudaban de que fueran alcohólicos. Tal vez los defectos de personalidad de
algunos otros se podrían curar con un préstamo. A algunos les entusiasmaba la
idea del club, pero para ellos era cuestión de remediar sus carencias afectivas.
A veces, la multitud de candidatos pasaban pro los tres pisos. Algunos empezaban
arriba e iban bajando hasta la planta baja para convertiste en miembros del
club; otros empezaban en el club y, después de pescarse una borrachera,
ingresaban en la planta de desintoxicación y luego ascendían al tercer piso para
educarse. En cuanto a actividad, era como una colmena; pero a diferencia de la
actividad de una colmena, todo era confusión. Un grupo de A.A., como tal, era
sencillamente incapaz de encargarse de semejante proyecto. Esto se descubrió
demasiado tarde. Entonces se produjo la inevitable explosión - como el día en
que estalló la caldera de la fábrica de fuegos artificiales. El grupo se vio
envuelto en una fría y opresiva nube de miedo y frustración.
Cuando se disipó, algo maravilloso había ocurrido. El promotor principal
escribió una carta a la oficina de la Fundación, diciendo que ojalá hubiera
prestado más atención a la experiencia de A.A. Luego hizo lo que llegaría a
convertirse en algo clásico de A.A. Todo cabría en una tarjeta tamaño postal. En
la cubierta decía: "Primer Grupo de Villanueva: Regla #62". Al desdoblar la
tarjeta una sola frase mordaz saltaba a la vista: "No te tomes tan en serio,
hombre".
De esta manera, un grupo de A.A., bajo el amparo de la Cuarta Tradición, había
ejercido su derecho a equivocarse. Además, había prestado un gran servicio a
Alcohólicos Anónimos, por haber estado humildemente dispuesto a aplicar las
lecciones que había aprendido. Había logrado sobreponerse con buen humor para
seguir dedicándose a mejores cosas. Incluso el arquitecto principal, rodeado por
las ruinas de su sueño, no pudo evitar reírse de sí mismo - y esto el colmo de
la humanidad.

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